Viernes 13 (la primera batalla naval de Guadalcanal)

Inmediatamente después del fracaso de la gran ofensiva de octubre contra Campo Henderson, las fuerzas japonesas en Guadalcanal comenzaron a preparar un nuevo ataque, aún mayor que el anterior. La escala de las operaciones no había dejado de aumentar desde el comienzo de la batalla, de forma que los refuerzos que iban a necesitar para la nueva ofensiva no podrían ser transportados a la isla únicamente en los destructores del Expreso de Tokio. A comienzos de noviembre se concentraron en Rabaul 7.000 soldados de la 38ª División de Infantería con todo su armamento y equipo pesado. Para su traslado a Guadalcanal la Marina reunió un convoy de once barcos de transporte (grandes, pero lentos) y doce destructores de escolta, al mando del contraalmirante Raizo Tanaka. Iría precedido por una escuadra comandada por el vicealmirante (acababa de ser ascendido, en la batalla de Santa Cruz era contraalmirante) Hiroaki Abe, e integrada por los acorazados Hiei y Kirishima, el crucero ligero Nagara y once destructores. Su misión sería bombardear e inutilizar la base aérea de Campo Henderson para cubrir el desembarco en el oeste de la isla. Los cañones de los acorazados estaban equipados con granadas rompedoras, efectivas para bombardear objetivos terrestres, pero mucho menos eficaces si tenían que enfrentarse a buques enemigos (tendrían dificultades para atravesar el blindaje de un crucero). La fuerza de Abe partió la mañana del 12 de noviembre.

El mismo día 12 llegó a Guadalcanal un gran convoy estadounidense al mando del contraalmirante Richmond K. Turner. Esa tarde, mientras desembarcaban las tropas y los suministros en la costa norte de la isla, un avión de reconocimiento dio la alerta al descubrir que una gran fuerza naval japonesa se dirigía hacia allí. Turner ordenó la retirada de los barcos de transporte y que los buques de guerra que los habían escoltado hasta Guadalcanal saliesen al encuentro de la escuadra enemiga. Una vez más esperarían a los japoneses en el paso entre el cabo Esperanza y la isla de Savo (pronto empezaría ser conocido como el estrecho del Fondo de Hierro, en inglés Ironbottom Sound, por la gran cantidad de buques que se hundieron en aquellas aguas). A pesar de que entre sus subordinados estaba el contraalmirante Norman Scott, que un mes antes y en el mismo lugar ya había derrotado a los japoneses en un combate nocturno, Turner decidió respetar el criterio de antigüedad y poner al mando de la fuerza de ataque al contraalmirante Daniel J. Callaghan (aunque la diferencia de antigüedad en el rango entre ambos oficiales -amigos y compañeros de promoción en Annapolis, por cierto- era de unos pocos días). En total Callaghan contaba con dos cruceros pesados (San Francisco y Portland), tres cruceros ligeros (Helena, Juneau y Atlanta) y ocho destructores.

Los cruceros pesados San Francisco y Portland durante unas maniobras en julio de 1942:


Callaghan cometió varios errores en el despliegue de sus fuerzas. Formó sus buques en una línea, con los cruceros en el centro y los destructores guardando la cabeza y la retaguardia. Pero no se preocupó de situar junto a los destructores algún buque equipado con los nuevos radares ya probados en la batalla del cabo Esperanza. Ni le importó escoger como buque insignia el crucero San Francisco, que tampoco contaba con radar de nueva generación. Al descuidar los extremos de su línea de batalla, parecía que no tenía más plan que esperar a que la flota japonesa apareciese desde el oeste y se encontrase de frente con el centro de su escuadra. Después de todo, eso mismo es lo que había hecho Scott un mes antes, y le había servido para lograr la victoria.

Las condiciones eran ideales para hacer del radar el arma decisiva de la batalla. Era una noche lluviosa y sin luna, con visibilidad casi nula. Y lo cierto es que los radares estadounidenses no fallaron, aunque sí lo hicieron las comunicaciones y la coordinación del mando. La Marina estadounidense no aprovechó las lecciones de la batalla de cabo Esperanza y no había desarrollado procedimientos para comunicar y procesar los datos recogidos por sus equipos de radar. En lugar de eso, cuando los informes sobre contactos de radar llegaron al puente de mando del San Francisco, el almirante Callaghan perdió un tempo precioso tratando de conjuntar toda la información y determinar las posiciones propias y del enemigo.

Los japoneses llegaron desde una dirección imprevista. Su aproximación a Savo había sido por el norte, por lo que no hicieron su entrada en el Fondo de Hierro desde el oeste, sino desde el noroeste. Los primeros barcos que se encontraron fueron los destructores del extremo superior de la línea estadounidense. Además, la escuadra de Abe acababa de salir de un fuerte chubasco, que había hecho que los buques perdiesen contacto entre sí y rompiesen la formación. En lugar de llegar en columna, la fuerza japonesa apareció dispersa y dividida en pequeños grupos. Eso dificultó todavía más la tarea de Callaghan de determinar las posiciones de los buques enemigos.

Las dos flotas se encontraron a la una y media de la madrugada del viernes 13 de noviembre. Hacía ya varios minutos que los radares estadounidenses habían localizado a los buques japoneses, pero Callaghan seguía tratando de hacerse una idea de la situación general antes de ordenar abrir fuego. En el lado japonés, Abe se sorprendió cuando sus vigías comunicaron la presencia de buques enemigos. Sus cañones tenían preparada munición rompedora, de alto poder explosivo pero poca capacidad de penetración. Abe dudaba entre continuar adelante o dar la orden de retirada para permitir a sus acorazados cambiar la munición. La indecisión de ambos comandantes hizo que los buques de las dos escuadras se entremezclasen mientras sus capitanes aguardaban ansiosos a que les llegase la orden de abrir fuego.

Es imposible saber quién disparó primero. Pero en cuanto sonó el primer cañonazo el resto de buques abrieron fuego sin esperar órdenes. En ese momento ya no se mantenía ningún tipo de formación por parte de ninguno de los dos bandos. La batalla iba a ser una lucha confusa y caótica en la que los radares ya no iban a jugar ningún papel. La ventaja pasaba a ser japonesa, gracias a sus visores ópticos de mayor calidad y a la extraordinaria preparación de sus mandos y sus tripulaciones para el combate nocturno.

El primer objetivo de los estadounidenses fue el destructor Akatsuki, que instantes antes de iniciarse el combate había encendido un proyector para iluminar al Atlanta, convirtiéndose él mismo en un blanco perfecto. Al menos cuatro cruceros (Atlanta, San Francisco, Helena y Portland) y varios destructores concentraron el fuego en el Akatsuki, que fue alcanzado por decenas de proyectiles y se hundió en pocos minutos.

El crucero ligero Nagara y varios destructores japoneses eligieron como blanco al crucero Atlanta. El impacto de un torpedo inutilizó sus turbinas y dejó al buque estadounidense sin propulsión. El Atlanta, machacado por la artillería japonesa y fuera de control, entró en la línea de fuego del San Francisco. Un proyectil disparado desde el buque insignia de Callaghan impactó en el puente de mando del Atlanta, matando al almirante Scott y a casi todos los que se encontraban allí. El destructor Cushing fue el siguiente objetivo de los destructores japoneses. Fue alcanzado por decenas de proyectiles y acabó flotando a la deriva e indefenso en medio de la batalla. Más tarde volvería a ser atacado por un grupo de destructores, lo que obligaría a la tripulación a abandonar el barco. El Cushing se hundió varias horas más tarde.

El Hiei, el buque insignia de Abe, rompió la columna estadounidense cruzando entre los destructores de vanguardia. Las distancias eran tan cortas que las baterías principales y secundarias del acorazado no podían bajar lo suficiente como para apuntar a los destructores. Uno de ellos, el Laffey, después de casi colisionar contra el buque japonés, barrió su superestructura con fuego de artillería y ametralladoras. Al ataque se sumaron los otros dos destructores, el Sterett y el O'Bannon. Una ráfaga de ametralladora alcanzó el puente e hirió al almirante Abe.

Las baterías principales y secundarias del Hiei, inútiles para defenderse de los destructores, dirigieron su fuego contra el San Francisco, al mismo tiempo que lo hacía el otro acorazado japonés, el Kirishima. Las granadas de fragmentación que disparaban los cañones de los acorazados no podían atravesar el blindaje del crucero, pero arrasaron gran parte de su superestructura, incluido el puente de mando. Allí murieron el almirante Callaghan y el comandante del buque, el capitán Young. Durante el intercambio de fuego de artillería un proyectil destruyó los generadores de los sistemas de dirección del Hiei, dejando al buque japonés casi ingobernable. Los artilleros japoneses dieron un respiro al San Francisco cuando hicieron una pausa de varios minutos para sustituir las granadas rompedoras (que creían que estaban siendo totalmente inefectivas) por munición perforante. El momento fue aprovechado por el crucero para alejarse de la lucha.

Los únicos dos almirantes de la US Navy muertos en combate en toda la Segunda Guerra Mundial perdieron la vida en esta batalla; en la foto, el almirante Callaghan en el puente del San Francisco:


El otro crucero pesado estadounidense, el Portland, después de intervenir en el ataque al Akatsuki fue alcanzado por un torpedo lanzado por alguno de los destructores japoneses. El torpedo estalló en la popa y atascó su timón, dejando al buque navegando en círculos y sin capacidad de maniobra. Así acabó su participación en la batalla.

Después de su ataque al Hiei, el Laffey se encontró con un grupo de tres destructores japoneses (Asagumo, Murasame y Samidare). En el combate el Laffey fue alcanzado por varios proyectiles y un torpedo y acabó envuelto en llamas. Cuando uno de los incendios llegó a un pañol de municiones el buque saltó por los aires y se hundió casi al instante. El mismo grupo se enfrentó más tarde a otro destructor estadounidense, el Monssen. El fuego combinado de los cañones de los tres buques inutilizó todos sus sistemas y obligó a la tripulación a abandonar el barco. El Monssen se hundió poco después.

Los destructores Amatsukaze y Yūdachi se dirigieron al sur para atacar a los buques que cerraban la formación estadounidense. Dos torpedos del Amatsukaze golpearon al destructor Barton, que se hundió en pocos minutos. A continuación el Amatsukaze lanzó otro torpedo contra el Juneau, que estaba respondiendo a un ataque del Yūdachi. La explosión abrió una vía de agua en el crucero e inutilizó gran parte de sus sistemas, obligándole a abandonar la batalla. El Amatsukaze también tuvo que retirarse muy dañado después de ser alcanzado de lleno por la artillería del Helena.

El Yūdachi fue abandonado por su tripulación después de sufrir un duro ataque con artillería y torpedos por parte de los destructores Aaron Ward y Sterett, aunque sorprendentemente se mantuvo a flote. El Sterett se vio obligado a retirarse después de sufrir graves daños en un combate con el destructor Teruzuki, mientras que el Aaron Ward se quedó sin propulsión tras un desigual enfrentamiento con el acorazado Kirishima.

Después de cuarenta minutos de lucha caótica y salvaje, Gilbert Hoover, capitán del Helena y comandante accidental de la escuadra estadounidense, tuvo que ordenar la retirada. Solo le quedaban dos buques en condiciones de seguir combatiendo, el propio Helena y el destructor Fletcher. En cuanto a los japoneses, ni uno solo de sus buques había salido ileso de la batalla, aunque el acorazado Kirishima, el crucero Nagara y al menos cuatro destructores tan solo presentaban daños leves, y otros buques, a pesar de estar más dañados, aún tenían capacidad de combate. La escuadra japonesa había logrado la victoria y estaba en condiciones de completar su misión y bombardear Campo Henderson. Sin embargo, el almirante Abe también dio la orden de retirada.

Pudieron ser varias la razones que llevaron a Abe a tomar aquella decisión: falta de información sobre el estado real en el que habían quedado sus fuerzas y las del enemigo, escasez de munición de fragmentación (buena parte de ella se había gastado en la batalla naval), o el temor a que si no lograban neutralizar Campo Henderson sus buques quedasen expuestos a los ataques aéreos en cuanto amaneciese. Psicológicamente le tuvieron que afectar sus propias heridas y la muerte de varios de sus colaboradores más cercanos en el puente de mando del Hiei. Fuese cual fuese el motivo, el hecho es que el convoy de Tanaka recibió la orden de regresar a Rabaul, y todos los buques de la escuadra de Abe que podían valerse por si mismos (con la excepción de los destructores Yukikaze y Teruzuki que se quedaron para ayudar al Hiei) abandonaron la zona.

Por la mañana los buques estadounidenses que se retiraban en dirección a las islas Santa Cruz fueron descubiertos por el submarino japonés I-26. El sumergible lanzó un torpedo contra el crucero Juneau, que ya anteriormente, durante la batalla, había sido golpeado por otro torpedo. El Juneau se partió en dos por la explosión y se hundió casi instantáneamente. El miedo a un nuevo ataque del submarino hizo que el resto de la formación continuase su camino sin detenerse a auxiliar a la tripulación del crucero. Unos cien hombres que sobrevivieron al hundimiento fueron abandonados en el océano hasta que ocho días más tarde aparecieron los hidroaviones de rescate. Para entonces casi todos habían muerto a consecuencia de la deshidratación, las heridas, el cansancio o los tiburones. De una tripulación de 697 hombres, solo hubo 10 supervivientes.

Al amanecer aún había cinco buques japoneses en el estrecho del Fondo de Hierro. La tripulación del Amatsukaze consiguió hacer las reparaciones de urgencia necesarias para retirarse justo a tiempo de evitar el ataque de los bombarderos con base en Campo Henderson. El casco abandonado del Yūdachi fue hundido por el Portland, que seguía sin poder maniobrar, pero que aún tenía operativas sus torres de artillería. Quedaban el Hiei y los dos destructores que lo escoltaban. A primera hora de la mañana comenzaron los ataques de los aviones de Campo Henderson, a los que a lo largo del día se sumarían los del portaaviones Enterprise (recién llegado de Nueva Caledonia tras completar sus reparaciones en un tiempo récord) y los B-17 con base en Espíritu Santo. Por la mañana Abe embarcó en el Yukikaze y abandonó el acorazado a su suerte. El Hiei se hundió aquella noche, después de sufrir continuos ataques aéreos durante toda la jornada.

El Hiei durante el ataque de los B-17, dejando tras él una gran mancha de combustible:


Los estadounidenses también tuvieron que dejar atrás tres de sus buques, inmovilizados por averías en la dirección o en la propulsión. Durante el día el Portland y el destructor Aaron Ward pudieron ser reparados y abandonaron el campo de batalla. Solo quedaba el Atlanta, a la deriva y con daños críticos, que finalmente fue abandonado por su tripulación y se hundió a primera hora de la noche.

La que es habitualmente conocida como primera batalla naval de Guadalcanal (en realidad fue la quinta, y la tercera en las inmediaciones de la isla de Savo) fue uno de los episodios más sangrientos de la historia de la US Navy. Murieron 1.439 estadounidenses (entre ellos dos almirantes), y acabaron hundidos los cruceros Atlanta y Juneau y los destructores Cushing, Laffey, Monssen y Barton. La decisión de Abe de ordenar la retirada convirtió lo que habría sido una victoria (a pesar de la pérdida del Hiei y dos destructores) en una derrota estratégica japonesa. La misma mañana del día 13, el almirante Isoroku Yamamoto, comandante de la Flota Combinada, consciente de la importancia de neutralizar Campo Henderson para permitir la llegada del convoy de refuerzos a Guadalcanal, ordenó al vicealmirante Nobutake Kondō que comenzase a preparar de inmediato una segunda fuerza de ataque.

Una amarga victoria (la batalla de las islas Santa Cruz)

A comienzos de octubre de 1942 los japoneses reunieron en el atolón de Truk la mayor flota que se había visto hasta entonces en la guerra. Dos nuevos portaaviones de escuadra, el Hiyō y el Junyō, además del portaaviones ligero Zuihō, se unieron al Shōkaku y al Zuikaku, que se encontraban ya en la región, y a una gran fuerza de acorazados, cruceros y destructores, hasta sumar más de cuarenta buques de guerra. Las semanas siguientes los portaaviones japoneses se mantuvieron alejados del combate, esperando el momento propicio para enfrentarse a las fuerzas aeronavales aliadas en el Pacífico sur. No tendrían que aguardar mucho tiempo. Con los refuerzos desembarcados en Guadalcanal las noches del 11 y el 15 de octubre, las tropas japonesas en la isla creían estar en condiciones de lanzar un gran ataque que les diese la victoria definitiva. Coincidiendo con la ofensiva terrestre, la flota japonesa iría a aguas de Guadalcanal para forzar a las agrupaciones de portaaviones estadounidenses a presentar batalla. Cuando se dirigía al sur, la escuadra tuvo su primer contratiempo grave: el 22 de octubre un incendio accidental que dañó una de sus calderas obligó al portaaviones Hiyō a regresar a Truk. Las fuerzas japonesas se dividieron en tres grupos: El principal estaba formado por los portaaviones Shōkaku, Zuikaku y Zuihō, con un crucero pesado y ocho destructores de escolta. El grupo de ataque lo componían el portaaviones Junyō, dos acorazados, cinco cruceros y diez destructores. Ambos iban precedidos por un grupo de vanguardia formado por dos acorazados, cuatro cruceros y siete destructores. Al mando del grupo principal estaba el vicealmirante Chuichi Nagumo, el prestigioso comandante de fuerzas aeronavales que había dirigido el ataque a Pearl Harbor y que había caído en desgracia después del desastre de Midway. Eso explica que el mando supremo de la escuadra no recayese en él, sino en el vicealmirante Nobutake Kondō, comandante del grupo de ataque. Al mando del grupo de vanguardia estaba el contraalmirante Hiroaki Abe.

El 23 de octubre comenzó la ofensiva japonesa en Guadalcanal. El objetivo principal, una vez más, era Campo Henderson, la base aérea situada en el norte de la isla. El ataque fue a una escala mucho mayor que cualquiera de los anteriores, pero los marines resistieron. Creyendo erróneamente que Campo Henderson había sido neutralizado, la mañana del 25 de octubre una fuerza naval japonesa se acercó a la costa norte de la isla para apoyar el avance de las tropas en tierra. Los aviones de la Cactus Air Force lanzaron continuos ataques durante todo el día, hundiendo el crucero ligero Yura y dañando al destructor Akizuki. Pero esa no era más que una pequeña avanzada. El grueso de las fuerzas japonesas estaba aproximándose al archipiélago de Santa Cruz, al este de Guadalcanal. Allí les esperaban dos portaaviones estadounidenses con sus respectivos grupos de combate. Al mando del grupo del Hornet (Task Force 17) estaba el contraalmirante George Murray. El otro grupo (Task Force 16) estaba formado en torno al Enterprise, que acababa de llegar de Pearl Harbor. El Enterprise había sufrido graves daños dos meses antes, en la batalla de las Salomón Orientales, y había sido reparado apresuradamente para que pudiese volver cuanto antes al Pacífico sur. Al mando de la Task Force 16 y del conjunto de la flota estaba el contraalmirante Thomas Kinkaid.

Hacia el mediodía del 25 de octubre un hidroavión de reconocimiento con base en Santa Cruz avistó los portaaviones japoneses. Los dos grupos de combate estadounidenses se dirigieron a toda velocidad al norte con la esperanza de que la flota enemiga entrase en el radio de acción de sus aviones antes de acabar el día. Los japoneses viraron para evitarlo, consiguiendo mantenerse fuera del alcance de la aviación norteamericana. Kinkaid llegó a ordenar el despegue de una fuerza de ataque, pero los aviones regresaron sin haber podido encontrar a los buques enemigos. Al caer la noche ambos bandos sabían que el día siguiente sería el decisivo, y que el primero que localizase los portaaviones del bando contrario tendría toda la ventaja.

Pero esa ventaja no sería para nadie. A primera hora de la mañana los dos grupos de portaaviones fueron descubiertos por los aviones de reconocimiento enemigos casi de forma simultánea. El primer ataque lo protagonizó uno de esos vuelos de reconocimiento. Dos bombarderos en picado estadounidenses SDB Dauntless se encontraron con el portaaviones ligero Zuihō desprotegido (los cazas que le daban cobertura habían ido en persecución de otro grupo de aviones norteamericanos) y vieron la oportunidad de atacar. Sus bombas cayeron en la cubierta, causando graves daños y dejando al portaaviones japonés temporalmente incapacitado para realizar operaciones aéreas.

Las fuerzas de ataque comenzaron a despegar de sus respectivos portaaviones. Los japoneses lanzaron un ataque masivo en dos oleadas, sumando entre ambas 110 aparatos. Los estadounidenses, en cambio, optaron por tardar el menor tiempo posible en enviar sus aviones, aunque eso supusiese que tener que hacerlo en grupos más pequeños. Fueron en total 64 aviones divididos en tres oleadas. Dos de las formaciones, integradas por aparatos del Zuihō y el Enterprise, se cruzaron en el aire y entablaron un combate en el que fueron derribados cuatro Zeros, tres Wildcats y dos torpederos TBF Avenger.

En la cubierta de vuelo del Shōkaku los aviones de la fuerza de ataque se preparan para despegar:


Kondō había ordenado a los grupos de vanguardia y de ataque avanzar a toda máquina para unirse a la batalla en superficie. Los primeros buques avistados por la primera oleada estadounidense fueron los del grupo de vanguardia de Abe, pero los dejaron atrás: su objetivo eran los portaaviones. Éstos aparecieron a su vista pasadas las nueve de la mañana. Mientras los Wildcats entablaban combate con los Zeros de cobertura, los bombarderos en picado Dauntless se lanzaron contra los buques enemigos. Cuatro de ellos fueron derribados por los Zeros antes de alcanzar sus objetivos, pero los once restantes consiguieron lanzar sus bombas. Al menos tres cayeron en el Shōkaku, inutilizando su cubierta de vuelo. Además, el destructor Teruzuki fue dañado por un impacto cercano. Los seis torpederos Avenger de la primera oleada perdieron contacto con el resto de la formación y no llegaron a participar en el ataque a los portaaviones. En su lugar atacaron al crucero pesado Tone, al que avistaron durante el vuelo de regreso. Todos sus torpedos fallaron el blanco.

Las segunda y tercera oleadas estadounidenses lanzaron sus ataques contra el grupo de vanguardia de Abe en lugar de continuar en busca de los portaaviones enemigos. Ambos grupos eligieron como blanco principal el crucero pesado Chikuma, que fue alcanzado por tres bombas y un torpedo y tuvo que retirarse de la batalla.

Mientras tanto se había producido el ataque de la primera oleada japonesa. Los atacantes fueron descubiertos por los radares estadounidenses antes de divisar su objetivo, pero la mayor parte de los bombarderos japoneses consiguieron evitar a los cazas enviados a interceptarlos y picaron contra el primer portaaviones que localizaron, el Hornet. El buque recibió el impacto de tres bombas, dos de las cuales penetraron varias cubiertas antes de detonar, causando daños muy graves. Además, el piloto de un Aichi D3A que había sido alcanzado por la artillería antiaérea se estrelló deliberadamente contra él, extendiendo combustible de aviación ardiendo por la cubierta de vuelo. Casi cien hombres murieron por el ataque de los Val. A continuación fue el turno de los veinte torpederos Nakajima B5N. Aunque muchos de ellos fueron derribados por la artillería del portaaviones y de sus escoltas durante su aproximación, dos de los torpedos que lograron lanzar golpearon al buque, provocando averías graves en sus turbinas y en sus sistemas eléctricos. Un segundo Val alcanzado por el fuego antiaéreo se estrelló contra el costado del buque, iniciando otro incendio cerca de los tanques principales de combustible de aviación. Cuando los aviones japoneses se retiraron, el Hornet estaba inmovilizado y envuelto en llamas. En la lucha, que había durado menos de quince minutos, los japoneses habían perdido veinticinco aparatos de todas las clases, los estadounidenses seis Wildcats.

Los aviones del Hornet que estaban en el aire o que regresaban de atacar a la flota japonesa se encontraron con su buque ardiendo y tuvieron que dirigirse al Enterprise. Llegó un momento en el que la cubierta de vuelo del portaaviones estaba tan repleta de aparatos que se tuvieron que suspender las operaciones de aterrizaje. Varios aviones agotaron su combustible y amerizaron junto a los destructores de escolta. Cuando uno de esos buques, el Porter, estaba rescatando a la tripulación de un Avenger, fue golpeado por un torpedo. La explosión mató a quince hombres y causó graves daños en el destructor. El Porter fue abandonado por su tripulación y se hundió poco después. El causante de su hundimiento pudo ser un torpedo errante proveniente de los Avengers que habían amerizado en las proximidades, o bien uno lanzado por el submarino japonés I-21, que al parecer se encontraba en la zona.

Cuando los radares detectaron la aproximación de la segunda oleada de ataque japonesa, la flota estadounidense estaba sumida en el caos. El Enterprise aún tenía la cubierta de vuelo atestada de aviones. Los incendios en el Hornet habían sido controlados, pero el buque se había quedado sin propulsión y continuaba inoperativo. Una vez más, la mayor parte de los Aichi D3A eludieron sin muchos problemas a los cazas interceptores y se lanzaron contra su objetivo, el Enterprise. El fuego antiaéreo fue más efectivo que en el anterior ataque al Hornet, pero aun así los japoneses consiguieron golpear con dos bombas en el portaaviones, matando a 44 hombres e inutilizando el ascensor principal. Minutos más tarde llegaron los torpederos. Un grupo de dieciséis Nakajima B5N se dividió para atacar al Enterprise, al acorazado South Dakota y al crucero pesado Portland. Ninguno de los torpedos dio en el blanco, aunque uno de los aviones, envuelto en llamas tras el ataque de un Wildcat, se estrelló contra el destructor Smith, provocando un gran incendio y matando a 57 hombres. Nueve de los dieciséis B5N fueron derribados.

El Enterprise bajo el ataque de los aviones japoneses:


A las once y cuarto, minutos después de que el Enterprise reabriese su cubierta de vuelo para empezar a recibir de nuevo a los aviones que regresaban de atacar a la flota japonesa, llegó una inesperada tercera oleada. El Junyō, el portaaviones de escuadra que acompañaba al grupo de Kondō, había lanzado un ataque independiente a cargo de diecisiete Val y doce Zeros. El Enterprise fue alcanzado por tercera vez. El acorazado South Dakota y el crucero ligero San Juan también fueron golpeados por sendas bombas. Solo seis de los diecisiete Val sobrevivieron y consiguieron regresar al Junyō.

A las once y media, con el Hornet fuera de combate y el Enterprise muy dañado, Kinkaid se vio obligado a ordenar la retirada. La task force del Enterprise abandonó el campo de batalla. El Hornet, que tenía que ser remolcado, se quedó atrás con sus escoltas. Decenas de aviones estadounidenses tuvieron que ser abandonados en el océano. Sus tripulaciones fueron rescatadas por los buques que permanecían en la zona.

Kondō también ordenó la retirada de sus portaaviones dañados, el Shōkaku y el Zuihō. Pero él todavía podía contar con dos portaaviones de escuadra operativos, el Zuikaku y el Junyō, y no iba a renunciar a continuar la lucha. A primera hora de la tarde, mientras los grupos de Kondō y Abe se dirigían a toda máquina al encuentro de la flota estadounidense, esperando llegar a tiempo para destruirla en un combate en superficie, los japoneses lanzaron un nuevo ataque aéreo coordinado desde sus dos portaaviones, a cargo de quince aviones del Junyō y catorce del Zuikaku.

El Hornet había empezado a moverse lentamente, remolcado por el crucero pesado Northampton, cuando aparecieron los aviones japoneses. Los primeros en atacar fueron siete torpederos del Junyō. Solo uno de los torpedos dio en el blanco, pero fue suficiente. La explosión abrió una gran vía de agua y el buque comenzó a escorarse. Poco después llegó el grupo de ataque del Zuikaku. Una bomba lanzada por un Aichi D3A impactó también en el portaaviones. A las tres y media de la tarde había despegado del Junyō la última fuerza de ataque del día, formada tan solo por cuatro Val y seis Zeros. Cuando llegaron al lugar donde se encontraba el Hornet, la tripulación ya había abandonado el barco. Uno de los Val dejó caer una bomba más sobre el buque, aunque ya no era necesaria.

El Hornet, abandonado y fuertemente escorado:


Todos los buques estadounidenses abandonaron la zona a excepción de los destructores Mustin y Anderson, que se quedaron con la misión de asegurar el hundimiento del Hornet para evitar su captura por el enemigo. Pero después de torpedearlo y cañonearlo hasta casi agotar las municiones, el portaaviones, que ya no era más que un casco humeante, aún seguía a flote. Finalmente tuvieron que retirarse sin haber conseguido su objetivo. Apenas media hora más tarde llegó la fuerza de vanguardia de Abe. Los japoneses, aunque consideraron la posibilidad de tomar el Hornet como trofeo de guerra, lo vieron tan dañado que decidieron que no valía la pena intentar salvarlo. El Hornet se hundió la madrugada del 27 de octubre, después de ser torpedeado una vez más por destructores japoneses.

Con muchos buques de su escuadra al límite de combustible, Kondō decidió abandonar la persecución de la flota estadounidense y dar la orden de regresar a Truk. Así acababa la batalla de las islas Santa Cruz. Numéricamente había sido una clara victoria japonesa: Habían hundido al Hornet y al destructor Porter, y causado daños al Enterprise, al acorazado South Dakota, al crucero San Juan y a los destructores Smith y Mahan (este último a causa de una colisión con el South Dakota durante la retirada a Nueva Caledonia). Los japoneses no habían perdido ningún buque, aunque el portaaviones de escuadra Shōkaku, el ligero Zuihō y el crucero Chikuma habían sufrido graves daños. El Enterprise, el único portaaviones aliado que quedaba en el Pacífico sur, tardaría varias semanas en volver a estar operativo. Pero la importancia estratégica de la batalla se vio muy reducida por el fracaso japonés en la ofensiva terrestre en Guadalcanal. Y, sobre todo, la victoria japonesa no fue tan evidente si uno se fija en el enorme coste que tuvieron que pagar sus fuerzas aeronavales.

De los 175 aviones que participaron en la batalla, los estadounidenses perdieron 81. Por parte japonesa fueron 99 de 203. El índice de pérdidas fue altísimo, cercano al 50 %, pero casi igual en ambos bandos. La diferencia estuvo en las tripulaciones. La mayor parte de los aviadores norteamericanos pudieron ser rescatados, tan solo murieron 26 hombres (hay que tener en cuenta que la mayoría de los aviones derribados fueron bombarderos y torpederos, con dos o tres tripulantes por aparato). Por contra, los japoneses perdieron a 148 pilotos y miembros de tripulaciones aéreas, una cifra pavorosa (en Midway, con cuatro portaaviones de escuadra hundidos, “solo” fueron 110). Muchos de ellos eran pilotos experimentados, la élite de la aviación naval japonesa. Después de cuatro grandes batallas aeronavales en menos de seis meses (Mar del Coral, Midway, Salomón Orientales y Santa Cruz) la generación de aviadores que había protagonizado la hazaña de Pearl Harbor prácticamente había sido aniquilada. Y el relevo era lento y costoso. La velocidad con la que se tenían que cubrir las bajas no permitía a los nuevos pilotos completar su formación adecuadamente.

Hasta que finalizasen las reparaciones del Enterprise no iba a haber ni un solo portaaviones aliado en todo el Pacífico. Pero la Marina Imperial no podría aprovechar la ventaja que eso suponía. Dos portaaviones de escuadra japoneses, el Zuikaku y el Junyō, habían salido intactos de la batalla, pero con sus grupos aéreos diezmados. Los portaaviones tuvieron que regresar a Japón y dedicar los meses siguientes a formar apresuradamente a una nueva generación de pilotos navales. El Zuikaku no volvería al Pacífico sur hasta febrero de 1943, a tiempo para ayudar a cubrir la retirada de las últimas tropas japonesas de Guadalcanal.

La noche cambia de bando (la batalla del cabo Esperanza)

A mediados de octubre de 1942 la batalla de Guadalcanal se había convertido en una gran batalla de desgaste en la que ambos bandos consumían cada vez más recursos sin que se pudiese vislumbrar aún el final. Japoneses y estadounidenses estaban preparando el envío masivo de refuerzos con los que intentar hacerse con el control definitivo de la isla. Por parte japonesa, por primera vez en mucho tiempo las tropas de desembarco contarían con equipo pesado, embarcado en los portahidroaviones Chitose y Nishin. Estos dos buques, construidos desde la base de un crucero ligero, eran ideales para el transporte de vehículos o piezas de artillería pesada, gracias a sus hangares y grúas. Y eran muy veloces, lo que les permitiría hacer la travesía desde las islas Shortland en un solo día, permaneciendo en aguas de Guadalcanal durante unas pocas horas de la noche. Los convoyes nocturnos de buques rápidos (destructores o cruceros ligeros) eran la única forma que tenía la Marina Imperial de enviar suministros a sus fuerzas en Guadalcanal, ya que durante el día el control del aire por parte de la “Cactus Air Force” (las escuadrillas de la Marina o del Cuerpo de Marines con base en Campo Henderson) impedía a los barcos japoneses acercarse a la isla. Estos convoyes se mantuvieron durante todo el tiempo que duró la batalla y su intercepción pasó a ser el principal cometido de la US Navy en la campaña. Los japoneses los apodaban “la ruta de las ratas”, los estadounidenses “el Expreso de Tokio”.

El portahidroaviones Nishin, utilizado en la campaña de Guadalcanal como transporte rápido de tropas:


La mañana del domingo 11 de octubre partió de su fondeadero de las islas Shortland el convoy japonés, formado por el Chitose, el Nishin y seis destructores (Asagumo, Natsugumo, Yamagumo, Shirayuki, Murakumo y Akizuki), cinco de los cuales llevaban también tropas de refuerzo para Guadalcanal. Al mando estaba el contraalmirante Takatsugu Jōjima. Seis horas después zarpó una formación comandada por el contraalmirante Aritomo Gotō, compuesta por los cruceros pesados Aoba, Furutaka y Kinugasa, y los destructores de escolta Fubuki y Hatsuyuki. Su misión sería bombardear Campo Henderson para dar cobertura al desembarco de las tropas en el oeste de la isla.

Mientras tanto, los estadounidenses también preparaban el envío de refuerzos. El 8 de octubre embarcó en Nueva Caledonia el 164º Regimiento de Infantería de la División Americal (la primera división del Ejército formada fuera de Estados Unidos, su nombre era la combinación de las palabras “América” y “Caledonia”). Su desembarco en Guadalcanal estaba previsto para el día 13. Para asegurar la ruta que seguiría el convoy, una fuerza de cuatro cruceros (San Francisco, Boise, Salt Lake City y Helena) y cinco destructores (Farenholt, Duncan, Laffey, Buchanan y McCalla), a las órdenes del contraalmirante Norman Scott, fue enviada a patrullar las aguas al sur de Guadalcanal. Allí se encontraba la tarde del 11 de octubre, cuando Scott recibió los primeros informes de aviones de reconocimiento que comunicaban el avistamiento de un convoy de dos cruceros y seis destructores. Viendo que se trataba de una misión especialmente importante del Expreso de Tokio, Scott ordenó a su escuadra salir a su encuentro. Calculó que podría interceptar el convoy durante la noche frente a la costa noroeste de Guadalcanal, entre el cabo Esperanza y la isla de Savo.

Hasta ese momento la noche había sido una gran aliada de la Marina Imperial. Desde el comienzo de la guerra todas las batallas nocturnas (mar de Java, estrecho de la Sonda, isla de Savo) se habían saldado con aplastantes victorias niponas. Ni siquiera la ventaja estadounidense de disponer de buques equipados con radar había impedido que una y otra vez se impusiesen el entrenamiento y la pericia de las tripulaciones japonesas (en especial de sus cruceros) en operaciones nocturnas. Pero Scott estaba confiado. La noche era muy oscura, lluviosa y sin luna, y dos de sus buques, el Boise y el Helena, contaban con un nuevo modelo de radar muy avanzado. Esperaba que en esta ocasión fuesen ellos los que sorprendiesen al enemigo.

Sin embargo, el convoy de Jōjima alcanzó el extremo noroeste de la isla de Guadalcanal y continuó paralelo a la costa sin ser detectado por los radares de los buques ni por los hidroaviones de reconocimiento estadounidenses. Desde los barcos japoneses pudieron escuchar los motores de los hidroaviones que los buscaban, pero Jōjima envió un mensaje a Gotō comunicando que no había buques enemigos en la zona. Se equivocaba. Poco después de pasar el convoy japonés llegó a la altura del cabo Esperanza la fuerza de Scott. La escuadra de Gotō no había sido aún detectada. Scott esperaba el paso del convoy de destructores y cruceros (en realidad portahidroaviones) avistada horas antes, no sospechaba que a poca distancia la seguía un grupo de cruceros pesados.

La escuadra estadounidense navegaba hacia el norte en línea, con tres destructores en cabeza, los cuatro cruceros en el centro y los restantes dos destructores cerrando la formación. A las once y media, cuando llegaron al oeste de la isla de Savo, se produjo una situación confusa cuando Scott ordenó virar al sur para continuar vigilando el paso entre Savo y el cabo Esperanza. El primer crucero de la formación, el San Francisco (sorprendentemente el buque insignia de Scott) viró antes de que lo hiciesen los tres destructores que lo precedían. El resto de la escuadra siguió al San Francisco, mientras los destructores Farenholt, Duncan y Laffey se quedaron retrasados y fuera de la formación. Minutos después en los radares del Helena y el Boise comenzaron a aparecer los buques de las fuerzas de Gotō. Cuando Scott fue informado de los contactos de radar a estribor, creyó erróneamente que eran los tres destructores que trataban de volver a ocupar su sitio en la columna.

Y efectivamente, el Farenholt, el Duncan y el Laffey habían aumentado la velocidad y trataban de volver a la cabeza de la columna, colocándose inadvertidamente entre ésta y la escuadra japonesa que se dirigía hacia ella. Los vigías del Duncan fueron los primeros en avistar los cruceros enemigos. El destructor aumentó la velocidad y se dirigió en solitario contra la formación de Gotō. Los radares de todos los cruceros estadounidenses habían detectado ya los buques japoneses. A las doce menos cuarto el Helena abrió fuego y unos instantes después lo hicieron todos los demás (sin esperar la autorización de Scott, que seguía dudando).

La escuadra japonesa fue tomada por sorpresa. Navegaba también en columna, encabezada por el Aoba, el buque insignia de Gotō. Los vigías del Aoba llegaron a detectar barcos frente a ellos, pero su comandante supuso erróneamente que se trataba del convoy de Jōjima y mantuvo la formación. Los estadounidenses habían cruzado la T de la formación enemiga (una maniobra clásica de la guerra naval que cuando se consigue realizar casi garantiza la victoria en una batalla: todos los cañones de los buques que representan la barra horizontal de una T pueden abrir fuego contra la columna enemiga, que estaría representada por la barra vertical, mientras que los de ésta solo pueden combatir de uno en uno y usando la artillería de proa). El Aoba fue su primera víctima. La artillería de los buques estadounidenses destrozó toda la superestructura del crucero japonés, inutilizando sus torretas y alcanzando el puente de mando. Los japoneses tuvieron un pequeño respiro cuando Scott ordenó un alto el fuego momentáneo para asegurarse de que sus cruceros no estaban atacando a sus destructores (de hecho sí lo estaban haciendo, ya que los destructores se habían quedado en medio del fuego cruzado). Después de intercambiar mensajes con el Farenholt y ordenar que se alejase de los objetivos, permitió reanudar el combate. El Aoba viró a estribor y levantó una cortina de humo para tratar de huir del castigo al que le estaba sometiendo la artillería enemiga. Los cruceros estadounidenses concentraron entonces el fuego en el segundo buque de la columna japonesa, el Furutaka, que fue alcanzado por decenas de proyectiles y acabó envuelto en llamas. Un torpedo lanzado por el destructor Buchanan golpeó al Furukata en la sala de máquinas, causando daños muy graves. Al mismo tiempo comenzó el ataque contra uno de los destructores japoneses, el Fubuki, que se incendió y comenzó a hundirse. El segundo de los destructores, el Hatsuyuki, y el crucero que cerraba la columna, el Kinugasa, consiguieron alejarse antes de que los buques enemigos fijasen su fuego en ellos.

Pasada la medianoche los cruceros estadounidenses salieron en persecución de los navíos en retirada. El Boise y el Salt Lake City trataron de alcanzar al Kinugasa, que en lugar de rehuir el combate viró para enfrentarse a los dos buques estadounidenses. Dos proyectiles alcanzaron un pañol de municiones en la proa del Boise, provocando una gigantesca explosión que mató a casi cien hombres y a punto estuvo de hacer saltar el barco por los aires. Después de que el Boise abandonase la lucha, el Kinugasa mantuvo un intercambio de fuego de artillería con el Salt Lake City. Un impacto en una de las calderas dejó al crucero estadounidense a media potencia, lo que permitió al Kinugasa alejarse. A las doce y veinte Scott ordenó a sus buques abandonar la persecución y reagruparse.

Además del Boise y el Salt Lake City, otros dos buques norteamericanos habían sufrido daños en la batalla. Ambos eran destructores que habían quedado atrapados bajo el fuego cruzado al inicio del combate. El Farenholt se había retirado de la lucha después de recibir varios impactos de los cruceros estadounidenses. El Duncan, que había sido el primero en atacar la columna enemiga, fue alcanzado repetidamente por la artillería de ambos bandos y acabó envuelto en llamas. Dos horas más tarde su capitán dio la orden de abandonar el barco. Los supervivientes fueron rescatados por el destructor McCalla y por botes de las tropas terrestres provenientes de Guadalcanal. También trataron de recoger a los náufragos del Fubuki, aunque muchos de ellos se negaron durante horas a ser rescatados por los estadounidenses.

El renqueante Aoba (sin Gotō, muerto en la batalla) y el Kinugasa se retiraron hacia el norte. El Furutaka trató de unirse a ellos, pero los daños que había sufrido eran demasiado graves. Se hundió a las dos y media de la noche. Los supervivientes fueron recogidos por el Hatsuyuki, que llegaría sin más contratiempos a su base en las Shortland.

El Aoba a su llegada a Bougainville, horas después del final de la batalla:


Mientras tanto, el convoy de Jōjima había desembarcado los refuerzos en Guadalcanal sin ser molestado y había iniciado su viaje de regreso. Al enterarse de la derrota de la escuadra de Gotō, Jōjima dividió sus fuerzas. Envió los destructores Shirayuki y Murakumo a buscar supervivientes del Furutaka, y a otros dos destructores, el Asagumo y el Natsugumo, a reunirse con el Kinugasa, que se había separado del Aoba para cubrir la retirada de su convoy. Con la llegada del día empezaron los ataques de la Cactus Air Force. A las siete de la mañana el Kinugasa sufrió un ataque sin consecuencias por parte de varios bombarderos en picado SBD Dauntless de Campo Henderson. Pero la peor parte se la llevaron los destructores. Descubiertos a primera hora de la mañana, el Shirayuki y el Murakumo fueron atacados sin descanso por bombarderos Dauntless y torpederos TBF Avenger. El Murakumo fue alcanzado por un torpedo en su sala de máquinas, dejándolo inmovilizado y convirtiéndolo en un blanco fácil. Los ataques aéreos continuaron hasta que el buque acabó envuelto en llamas. La tripulación abandonó el barco y fue recogida por el Shirayuki. El Asagumo y el Natsugumo también sufrieron los ataques de los bombarderos y torpederos de Campo Henderson. El Natsugumo fue alcanzado por varias bombas y se hundió. El Asagumo rescató a los supervivientes y se retiró a las Shortland.

Por primera vez en una batalla nocturna una fuerza naval estadounidense había derrotado a una japonesa. La batalla había tenido lugar prácticamente en el mismo punto en el que dos meses antes la escuadra de cruceros de Mikawa (de la que formaban parte los tres que en esta ocasión comandaba Gotō) había destrozado a la de Crutchley. Pero la venganza fue relativa. La victoria estadounidense no fue ni mucho menos tan indiscutible como la derrota que habían sufrido en agosto. Por parte norteamericana las bajas fueron 163 muertos, un destructor hundido y otro destructor y un crucero dañados. Por la japonesa, unos 400 muertos, 111 prisioneros (los supervivientes del Fubuki), un crucero y tres destructores hundidos (dos de ellos lo fueron a consecuencia de ataques aéreos diurnos, no del combate naval nocturno), y un crucero dañado.

Desde un punto de vista estratégico, la batalla del cabo Esperanza casi no tuvo influencia en la campaña. La escuadra de Jōjima consiguió su objetivo de desembarcar los refuerzos en Guadalcanal, como también lo haría el convoy estadounidense que estaba en camino. Solo dos noches más tarde, el 13 de octubre, los acorazados japoneses Kongō y Haruna bombardearon sin oposición Campo Henderson, y el 15 un gran convoy del Expreso de Tokio logró desembarcar 4.000 hombres en Tassafaronga, al oeste de la isla. Los estadounidenses habían demostrado que se podía derrotar a la Marina Imperial en un combate nocturno, pero aún no estaba claro quién se iba a llevar la victoria final.

El regreso de los portaaviones (la batalla de las Salomón Orientales)

En las primeras semanas de la batalla de Guadalcanal el objetivo principal de las fuerzas estadounidenses en la isla fue defender y completar la construcción de la base aérea que habían conquistado a los japoneses y que bautizaron como Campo Henderson (o Henderson Field, llamado así en honor al comandante Lofton Henderson, un piloto de los Marines muerto en Midway). Desde el momento en que estuviese operativa, la base proporcionaría a los aliados el dominio del aire y sería decisiva en el resultado de la batalla. Hasta entonces, los marines tendrían que depender de la cobertura aérea que les proporcionasen los portaaviones de la US Navy. A mediados de agosto, una semana después de la batalla de la isla de Savo, los tres portaaviones estadounidenses que operaban en el Pacífico sur (el Saratoga, en Enterprise y el Wasp), con sus respectivos grupos de combate, regresaron a aguas de Guadalcanal.

Mientras tanto, los japoneses habían comenzado a preparar una gran contraofensiva con el objetivo de expulsar a los estadounidenses de Guadalcanal, y, sobre todo, de acabar con las fuerzas navales aliadas en el Pacífico sur. Denominado Operación Ka, el ambicioso plan japonés iba a poner a prueba la capacidad operativa de sus fuerzas aeronavales por primera vez desde del desastre de Midway (en esa batalla fueron hundidos cuatro de sus portaaviones, un golpe del que la Marina Imperial nunca llegaría a recuperarse).

El 16 de agosto zarpó de Truk un convoy japonés con destino a Guadalcanal. Estaba formado por tres barcos de transporte, que llevaban a 1.500 soldados del 28º Regimiento de Infantería, y una escolta de ocho destructores, cuatro patrulleras y el crucero ligero Jintsu. Al mando estaba el contraalmirante Raizo Tanaka. Desde Rabaul se les unieron cuatro de los cruceros pesados del vicealmirante Mikawa que habían derrotado a los cruceros aliados en la isla de Savo.

El 21 de agosto partió de Truk la fuerza principal, cuya misión sería localizar y destruir a la flota aliada antes de dar cobertura al desembarco en Guadalcanal. Estaba dividida en tres grupos. En vanguardia iban dos acorazados, tres cruceros pesados, un crucero ligero y tres destructores, al mando del contraalmirante Hiroaki Abe. Un segundo grupo, comandado por el vicealmirante Nobutake Kondō, estaba formado por un portahidroaviones, cinco cruceros pesados, un crucero ligero y seis destructores. Y finalmente, tras ellos (utilizando los otros dos grupos como cobertura frente a los aviones de reconocimiento enemigo) iba el grupo de portaaviones al mando del vicealmirante Chuichi Nagumo, formado por los portaaviones de escuadra Shōkaku y Zuikaku y el ligero Ryūjō, con la escolta del crucero pesado Tone y ocho destructores.

El plan japonés preveía que las fuerzas de Abe y Kondō serían las primeras en ser localizadas y atacadas por las fuerzas aeronavales enemigas. En cuanto los portaaviones estadounidenses descubriesen su posición para atacar a alguno de los dos grupos, los aviones de Nagumo despegarían para destruirlos. Una vez neutralizados los portaaviones, los dos grupos de vanguardia serían los encargados de acabar con el resto de las unidades de superficie aliadas. En la batalla esperaban contar con la ayuda de un centenar de aviones de la Marina Imperial con base en Rabaul.

La mañana del 23 de agosto un hidroavión de reconocimiento Catalina con base en las islas de Santa Cruz avistó el convoy de Tanaka. El vicealmirante Frank Jack Fletcher, comandante de las fuerzas navales estadounidenses, ordenó el despegue de una fuerza de ataque del Saratoga, que fue incapaz de localizar a la escuadra enemiga. Tanaka, sabiendo que había sido localizado, había variado el rumbo del convoy. Por la tarde otro hidroavión lo volvió a avistar dirigiéndose al norte. Aquella maniobra de evasión iba a suponer un retraso en los planes japoneses (el desembarco en Guadalcanal, previsto para el 24 de agosto, tendría que realizarse el 25), pero en el fondo fue un golpe de suerte para Nagumo: interpretando erróneamente que la flota japonesa estaba regresando a Truk, Fletcher dio permiso al Wasp y todo su grupo de combate, que estaba escaso de combustible, para abandonar la zona y dirigirse a Efate a repostar. La flota aliada se quedaba sin uno de sus portaaviones cuando la batalla estaba a punto de comenzar.

Aquella noche Nagumo ordenó al contraalmirante Chūichi Hara que se adelantase con el portaaviones Ryūjō, el crucero Tone y los destructores Amatsukaze y Tokitsukaze para lanzar un ataque aéreo contra Campo Henderson la mañana siguiente. En realidad la intención de Nagumo era utilizar al Ryūjō (un pequeño portaaviones con graves defectos de diseño, que no habría estado en primera línea si no hubiese sido por las dramáticas pérdidas que la Marina Imperial había sufrido en Midway) como señuelo para atraer el ataque de los portaaviones estadounidenses. Los aviones del Shōkaku y el Zuikaku se prepararon para despegar en cuanto los portaaviones enemigos fuesen localizados.

El cebo cumplió con su cometido. Durante la mañana del 24 de agosto numerosos vuelos de reconocimiento siguieron los movimientos de la fuerza de Hara. Pero Fletcher sospechaba que había más portaaviones japoneses en la zona y no se decidía a lanzar el ataque. Finalmente, pasado ya el mediodía y sin haber recibido informes de más avistamientos, dio la orden. Treinta y ocho aviones del Saratoga despegaron para atacar al Ryūjō.

Para entonces el Ryūjō había lanzado ya su ataque contra Campo Henderson. El plan preveía que fuese una operación conjunta con bombarderos con base en Rabaul, pero estos últimos se vieron obligados a regresar a causa del mal tiempo. Seis bombarderos Nakajima B5N y quince Zeros del Ryūjō se enfrentaron sobre la base aérea de Guadalcanal a una escuadrilla de cazas del Cuerpo de Marines que ya operaba en la isla. En el combate fueron derribados seis aviones japoneses y tres estadounidenses. El aeródromo no sufrió daños significativos.

A las dos y veinticinco de la tarde un hidroavión de reconocimiento japonés avistó a los portaaviones estadounidenses y logró transmitir su posición antes de ser derribado. Era el momento que Nagumo había estado esperando. Inmediatamente ordenó el despegue de su fuerza de ataque en dos oleadas, al tiempo que ordenaba a las escuadras de Abe y Kondō que se adelantasen para que estuviesen en disposición de atacar en superficie a los buques estadounidenses después del anochecer.

Los cazas del Ryūjō aún no habían regresado de su incursión contra Campo Henderson cuando los aviones del Saratoga comenzaron su ataque sobre el portaaviones. El indefenso buque fue alcanzado por al menos cinco bombas y se incendió. Aún tuvo que soportar otro ataque (aunque poco efectivo) a cargo de bombarderos pesados B-17 con base en Espíritu Santo. El Ryūjō se hundió al anochecer, después de que su tripulación hubiese abandonado el barco y hubiese sido recogida por el Amatsukaze y el Tokitsukaze. Los dos destructores también tuvieron que rescatar a las tripulaciones aéreas que a su regreso de Campo Henderson se habían visto obligadas a amerizar en las cercanías de su buque en llamas. Después de completar las operaciones de rescate, el Amatsukaze, el Tokitsukaze y el crucero pesado Tone se retiraron para unirse a la fuerza principal de Nagumo.

El Ryujo, ya gravemente dañado, bajo el ataque de los B-17; el buque que intenta alejarse a toda velocidad es el destructor Amatsukaze:


Cerca de las cuatro y media de la tarde, la primera oleada japonesa, formada por 27 bombarderos en picado Aichi D3A y 15 Zeros, fue detectada por los radares de los portaaviones estadounidenses. Más de cincuenta cazas Wildcat despegaron para interceptarlos, pero la mayor parte de los bombarderos eludieron hábilmente el combate y se lanzaron sobre el más próximo de los buques enemigos, el Enterprise. Muchos Wildcats no abandonaron la persecución a los Val (la denominación que los aliados daban a los Aichi D3A) ni siquiera cuando éstos se lanzaban en picado contra el portaaviones, exponiéndose a ser alcanzados por la artillería antiaérea. El fuego antiaéreo del Enterprise y sus buques de escolta derribó más aviones estadounidenses que los propios cazas japoneses.

Hacia las cinco menos cuarto tres bombas impactaron consecutivamente en la popa del Enterprise, matando a 70 hombres e hiriendo a otros 70. Una de ellas atravesó tres cubiertas antes de detonar bajo la línea de flotación, abriendo una vía de agua que pudo ser controlada. Otra alcanzó un pañol de municiones y provocó un gran incendio. Poco después los aviones japoneses se retiraron. Solo 17 de los 42 que formaban la fuerza de ataque lograron regresar a sus buques. La segunda oleada, formada por 27 Aichi D3A y 9 Zeros, no consiguió localizar a los portaaviones enemigos y tuvo que regresar sin haber entrado en combate.

El Enterprise bajo el ataque de los aviones japoneses:


A pesar del incendio y la vía de agua, los equipos de control de daños del Enterprise lograron que solo una hora después del ataque el portaaviones volviese a estar operativo. Después de recuperar a sus respectivos grupos aéreos, ambas escuadras de portaaviones abandonaron la zona para evitar un enfrentamiento nocturno con buques enemigos. La de Nagumo se dirigió al norte, la de Fletcher al sur. Y, de hecho, las escuadras de Abe y Kondō se encontraban ya próximas a los grupos de combate de los portaaviones estadounidenses cuando éstos se retiraron. Al anochecer dos SDB Dauntless del Saratoga en misión de búsqueda y ataque avistaron la escuadra de Kondō y atacaron al portahidroaviones Chitose, que fue alcanzado por dos bombas y dañado de gravedad. Los aviones tomaron tierra por la noche en Campo Henderson. A medianoche las fuerzas de Abe y Kondō aún no habían tenido contacto con buques enemigos y se retiraron también al norte.

Ignorando que el resto de fuerzas navales japonesas se habían retirado, el contraalmirante Tanaka siguió adelante con su parte de la operación. A la mañana siguiente su convoy seguía camino de Guadalcanal. Hacia las ocho de la mañana fue atacado por varios SDB Dauntless que operaban desde Campo Henderson. Una bomba impactó en el crucero Jintsu, matando a 24 tripulantes e hiriendo al propio Tanaka. El transporte de tropas Kinryu Maru fue también alcanzado por las bombas y comenzó a hundirse. Cuando el destructor Mutsuki estaba rescatando a los supervivientes, aparecieron cuatro B-17 de Espíritu Santo y lo bombardearon. El Mutsuki fue golpeado por al menos cinco bombas y se hundió en pocos minutos. Viendo a su flota desprotegida frente a los continuos ataques aéreos enemigos, Tanaka se vio obligado a dar la orden de retirada.

Así terminaba la batalla de las Salomón Orientales, el tercer enfrentamiento entre portaaviones de la guerra, después de las batallas del Mar del Coral y Midway. Desde un punto de vista numérico, las cifras de bajas fueron muy inferiores a las de las dos anteriores. Los estadounidenses perdieron a 90 hombres, la mayoría de ellos en el ataque al Enterprise. El portaaviones fue el único buque norteamericano que sufrió daños, y tuvo que retirarse durante dos meses a Pearl Harbor para ser reparado. Perdieron también 25 aviones, aunque muchos de sus tripulantes pudieron ser rescatados. Por parte japonesa, los muertos y desaparecidos fueron casi 300. Resultaron hundidos el portaaviones Ryūjō, el destructor Mutsuki y el transporte Kinryu Maru, y dañados el crucero Jintsu y el portahidros Chitose. Especialmente grave fue la pérdida de 75 aviones y de muchos de sus tripulantes. Después de Midway, la escasez de pilotos experimentados en la Marina Imperial empezaba a ser ya dramática.

Aunque ambos bandos acabaron retirándose, desde un punto de vista estratégico la batalla también fue una clara victoria estadounidense. Los japoneses tardaron tres meses en volver a recurrir a un convoy convencional, con barcos de transporte, para tratar de enviar refuerzos y suministros a sus tropas en Guadalcanal. El fracaso de Tanaka demostró que la entrada en servicio de Campo Henderson daba a los estadounidenses el control de las rutas de abastecimiento a la isla durante el día. A partir de entonces serían los destructores (mucho más rápidos que los transportes), en misiones nocturnas, los encargados de transportar tropas y suministros. Los problemas de abastecimiento de las fuerzas japonesas en Guadalcanal serían la causa última de su derrota en la batalla.

El 31 de agosto el portaaviones Saratoga fue torpedeado por el submarino japonés I-26 cuando se encontraba patrullando al oeste de las islas Santa Cruz. Aunque el ataque no causó bajas, dañó gravemente su sistema de propulsión y obligó al buque a dirigirse a Pearl Harbor para someterse a reparaciones. El 15 de septiembre el Wasp fue igualmente torpedeado por el I-19 cuando escoltaba un convoy con destino a Guadalcanal. En la que sin duda fue la salva de torpedos más efectiva de toda la guerra, el Wasp acabó hundido y el acorazado North Carolina y el destructor O'Brien gravemente dañados. Aquello dejaba temporalmente a los aliados con un único portaaviones en activo en todo el Pacífico, el Hornet. Para entonces la 1ª Ala Aérea de los Marines se había establecido ya en Campo Henderson, lo que garantizaba el control aliado del aire en la región.

Un cúmulo de despropósitos (la batalla de la isla de Savo)

El 7 de agosto de 1942, cuando los marines estadounidenses desembarcaron en Guadalcanal, nadie se imaginaba que ese iba a ser el comienzo de una de las batallas más largas y decisivas de la guerra en el Pacífico. El objetivo aliado era impedir la entrada en servicio de una base aérea japonesa en la isla, y al finalizar el día siguiente parecía haberse logrado ya: los marines habían consolidado sus posiciones en la costa norte de Guadalcanal y tenían en su poder el aeródromo en construcción, además de la isla de Tulagi y los islotes de Gavutu y Tanambogo (frente a las costas de la isla Florida, al norte de Guadalcanal). Las pérdidas habían sido escasas. Las más graves fueron las causadas por ataques de aviones japoneses con base en Rabaul, que hundieron el buque de transporte George F. Elliott y causaron daños graves al destructor Jarvis. En los combates aéreos los estadounidenses perdieron una veintena de aparatos. Los japoneses, el doble.

Las perdidas de aviones preocuparon al comandante de las fuerzas navales aliadas en Guadalcanal, el vicealmirante Frank Jack Fletcher. La tarde del 8 de agosto tomó la decisión de retirar sus portaaviones. El desembarco había sido un éxito y suponía que ya no existía ninguna amenaza grave que hiciese necesaria su presencia. En cambio, los propios portaaviones, debilitados por las pérdidas de cazas de sus grupos aéreos, estarían expuestos al ataque de los torpederos enemigos. La flota de desembarco se quedaba así sin cobertura aérea. De todos modos, la fuerza anfibia continuaba protegida por una poderosa flota de ocho cruceros, quince destructores y nueve dragaminas al mando del contraalmirante británico (al servicio de la Real Marina Australiana) Victor Crutchley. Su comandante, el contraalmirante Richmond K. Turner, ordenó acelerar las labores de desembarco para poder retirarse en cuanto fuese posible.

Mientras tanto, en Rabaul, el vicealmirante japonés Gunichi Mikawa había reunido todos los buques disponibles para formar una fuerza de ataque y dirigirse al encuentro de la flota aliada. En la propia Rabaul se encontraban el crucero pesado Chōkai, los cruceros ligeros Tenryū y Yūbari y el destructor Yūnagi. Desde Kavieng se sumaron otros cuatro cruceros pesados, el Aoba, el Furutaka, el Kako y el Kinugasa. Mikawa buscaría el enfrentamiento la noche del 8 al 9 de agosto, anulando así la superioridad aérea aliada y aprovechándose de la gran experiencia que las tripulaciones de la Marina Imperial tenían en operaciones nocturnas. Solo esperaba que su flota no fuese descubierta por el enemigo antes de tiempo. Pero no tuvo suerte. Nada más zarpar de Rabaul los buques japoneses fueron avistados en el canal de San Jorge por el submarino estadounidense S-38, que envió un mensaje por radio alertando de su partida.

La mañana del 8 de agosto la flota de Mikawa fue descubierta frente a la costa de Bougainville por dos aviones australianos de reconocimiento marítimo con base en Nueva Guinea. En ambos casos hubo problemas con las comunicaciones por radio y los tripulantes no pudieron informar de los avistamientos hasta después de haber regresado a su base. Aun así, hacia el mediodía el mando australiano ya tenía conocimiento de que una importante fuerza naval japonesa (aunque identificada erróneamente como “tres cruceros, tres destructores y dos portahidroaviones”) se encontraba en aguas de las Salomón. Por algún motivo desconocido, esa información no se trasladó a la flota de Turner hasta las 7 de la tarde.

También hacia el mediodía regresaron los hidroaviones de reconocimiento japoneses. Sus informes indicaban que la fuerza principal aliada se encontraba frente a la costa norte de Guadalcanal. Mikawa decidió ir a su encuentro bordeando por el sur Savo (una pequeña isla situada frente al cabo Esperanza, el extremo noroccidental de Guadalcanal) y siguiendo en paralelo la costa hasta dar con el enemigo. Una vez destruido, se dirigirían al norte, para buscar la fuerza secundaria que se encontraba frente a la isla Florida.

Para proteger a la flota de desembarco durante la noche, el almirante Crutchley había desplegado sus buques en una línea que utilizaba la isla de Savo como punto de referencia. Al sur, entre Savo y el cabo Esperanza (por donde iba a pasar la escuadra de Mikawa), se situó él mismo con su buque insignia, el crucero Australia, otros dos cruceros, el también australiano Canberra y el estadounidense Chicago, y los destructores estadounidenses Patterson y Bagley. Al norte, entre Savo y Florida, patrullaban los cruceros Vincennes, Astoria y Quincy, y los destructores Helm y Wilson, todos ellos estadounidenses. Un tercer grupo, formado por el crucero estadounidense San Juan, el australiano Hobart, y dos destructores, se situó al este de las fuerzas de desembarco. Otros siete destructores permanecieron junto a los buques de transporte para darles protección antisubmarina. Los dos destructores restantes de la flota de Crutchley eran dos buques estadounidenses equipados con radar, el Ralph Talbot y el Blue. Ambos fueron enviados a patrullar al oeste de Savo para servir como avanzada y dar la alerta si detectaban la flota enemiga en camino a Guadalcanal.

Mapa en el que se muestra la disposición de la flota estadounidense y la ruta que siguió la escuadra de Mikawa en su aproximación:


Por tanto, Crutchley había tomado todas las medidas necesarias en el despliegue de sus fuerzas para hacer frente a un posible ataque enemigo. Pero después de dos días de operaciones bajo un calor agobiante, las tripulaciones estaban agotadas. La mayor parte de los capitanes decidieron aprovechar la noche para dar un merecido descanso a sus hombres. Pocos se mantuvieron en estado de alerta.

A última hora de la tarde Crutchley fue llamado por Turner para discutir la situación en la que les había dejado la retirada de los portaaviones. Abandonó la zona de patrulla con su buque, el Australia, dejando al mando de la agrupación sur a Howard D. Bode, capitán del Chicago. Bode se encontraba descansando en su camarote cuando le comunicaron que asumía el mando del grupo. La primera medida que tomó fue volver a su litera y seguir durmiendo. No ordenó poner al Chicago a la vanguardia de la agrupación, como habitualmente hacían los buques insignia. Los otros comandantes no se enteraron de la marcha del Australia ni del cambio en el mando.

Mientras, en la reunión (a la que también asistió el general Vandegrift, jefe de la 1ª División de Marines), Turner trasladó a Crutchley los informes enviados por los aviones de reconocimiento australianos, que hablaban de una fuerza de dos portahidroaviones con escolta de cruceros y destructores que se dirigía hacia allí. Llegaron a la conclusión de que esa noche podían estar tranquilos, ya que había que descartar un ataque nocturno a cargo de hidroaviones. Creyendo que no había ningún peligro inminente, Crutchley decidió que el Australia permaneciese aquella noche en el fondeadero de los transportes de Guadalcanal y no regresase a su zona de patrulla hasta la mañana siguiente.

Cuando la flota japonesa estaba ya aproximándose a aguas de Guadalcanal, Mikawa ordenó lanzar tres hidroaviones para que realizasen un último reconocimiento. Los aparatos sobrevolaron varios buques estadounidenses y australianos, pero nadie abrió fuego contra ellos ni dio la alarma al mando de la flota. Al volar con las luces de reconocimiento encendidas, todos dieron por sentado que eran aviones aliados.

Pasada la medianoche, los vigías del Chōkai, el buque que encabezaba la columna japonesa, avistaron al Blue, uno de los dos destructores dotados de radar que patrullaban al oeste de la isla de Savo. Mikawa ordenó disminuir la velocidad, para dejar estelas menos visibles, y todos los buques japoneses en línea dieron un rodeo por el norte para evitar la posición del destructor estadounidense. El Blue llegó a estar a menos de dos kilómetros de distancia de los navíos enemigos, pero ni su radar ni sus vigías detectaron nada anormal. Fue una suerte para ellos, ya que en esos momentos todos los cañones de la flota de Mikawa estaban apuntando al destructor preparados para abrir fuego a la menor señal de haber sido sido descubiertos, y una desgracia para el resto de la flota aliada, que sería tomada por sorpresa poco después.

Pasado aquel primer obstáculo, Mikawa ordenó volver a aumentar la velocidad y poner rumbo al sur de Savo. A la una y veinticinco de la madrugada dio la orden al destructor Yunagi de permanecer en la retaguardia y a todos sus cruceros de desplegarse para buscar y destruir a las unidades enemigas de forma independiente. La batalla de la isla de Savo había comenzado.

El primer buque enemigo avistado por los japoneses fue el destructor Jarvis, que había sido dañado el 7 de agosto en un ataque aéreo e iba camino de Australia para ser reparado. El crucero Furutawa lanzó contra él cuatro torpedos, pero todos fallaron. El Jarvis continuó navegando sin llegar a percatarse de que había sido atacado. Más tarde se encontraría con el Yunagi, con el que tendría un intercambio de fuego de artillería sin consecuencias.

Poco después aparecieron ante los vigías japoneses los buques de la agrupación sur. La tripulación del destructor Patterson era una de las pocas que permanecían en estado de alerta. Fue el primer buque aliado en dar la alarma y el primero en abrir fuego, cuando sus vigías descubrieron varios buques enemigos aproximándose desde el oeste. Los hidroaviones japoneses comenzaron a lanzar bengalas para iluminar a la flota enemiga. A la luz de las bengalas, los cruceros pesados Chōkai, Aoba, Furutaka y Kako concentraron el fuego de sus cañones contra el Canberra. El crucero australiano respondió inmediatamente, pero poco podía hacer contra el ataque combinado de los cuatro buques. Los primeros impactos hirieron mortalmente al capitán Frank Getting, inutilizaron los sistemas de control de tiro y destruyeron los cuartos de calderas, dejando al buque sin potencia. Pocos minutos más tarde el crucero comenzó a escorarse a estribor (todos los buques enemigos se encontraban a babor, así que es bastante probable que fuese el impacto de un torpedo lanzado por el destructor estadounidense Bagley, situado tras él, el causante de la escora). La falta de potencia impedía el funcionamiento de las bombas de achique. El Canberra estaba sentenciado.

Fotografía tomada desde el crucero japonés Chōkai en la que se ve al Canberra bajo el fuego enemigo e iluminado por las bengalas:


El capitán Bode despertó cuando los primeros proyectiles empezaron a caer sobre el Chicago. Minutos más tarde un torpedo estalló en la proa del buque. Un segundo torpedo también impactó en el crucero, aunque no llegó a hacer explosión, y un proyectil de artillería derribó el mástil principal y mató a dos hombres. Bode dio orden de alejarse del combate y dirigirse al oeste, dejando al norte la formación enemiga, pero también dejando atrás al resto de buques sobre los que teóricamente tenía el mando.

La única intervención del destructor Bagley en el combate fue el lanzamiento de una salva de torpedos, uno de los cuales pudo alcanzar accidentalmente al Canberra. El Patterson fue el único buque de la fuerza sur que realmente presentó batalla a los japoneses (sin contar al Canberra, que casi no tuvo oportunidad de defenderse). Durante el intercambio de fuego de artillería con los cruceros enemigos recibió un impacto en la popa que causó la muerte de diez hombres. Pese a ello, cuando los buques de Mikawa pusieron rumbo nordeste para dirigirse al encuentro de la fuerza norte, el destructor trató de ir tras ellos.

Los buques de la fuerza norte habían recibido los mensajes de alarma del Patterson, y además todos pudieron ver las bengalas, los destellos de los cañonazos y las explosiones del combate, pero la respuesta de sus comandantes fue de una lentitud inexplicable. A las dos menos cuarto, cuando los cruceros japoneses comenzaron a lanzar sus torpedos contra ellos, aún había buques que no habían pasado al estado de alerta máxima.

Cuando las bengalas y los reflectores del Chōkai iluminaron al crucero Astoria, los servidores de algunos de sus cañones abrieron fuego contra el buque japonés. Su comandante, el capitán Greenman, se despertó con los cañonazos y, temiendo que estuviesen disparando contra barcos aliados, subió corriendo al puente para ordenar que cesase el fuego. No tardó en darse cuenta de su error, al ver cómo caían a su alrededor los proyectiles enemigos. El Chōkai concentró el fuego de sus cañones en el Astoria. Minutos más tarde se le unieron el Aoba, el Kinugasa y el Kako, que machacaron con su artillería al crucero estadounidense. A las dos y cuarto el Astoria estaba inmovilizado y envuelto en llamas, aunque aún respondía al fuego con las torretas que seguían operativas. El Chōkai recibió un impacto en su torreta delantera que le causó daños de cierta consideración.

En el Quincy se vivió la situación opuesta. Cuando los reflectores de los buques japoneses lo iluminaron, su capitán dio la orden de abrir fuego, pero los artilleros todavía no estaban preparados. Como en otros buques, en el Quincy también se habían recibido los mensajes de alarma y se habían visto los destellos de la batalla al sur de su posición, pero su paso al estado de alerta fue increíblemente lento. El crucero estadounidense quedó bajo el fuego combinado del Aoba, el Furutaka y el Tenryū. Uno de los proyectiles cayó en el puente de mando, matando a casi todos los que se encontraban allí, incluyendo el capitán. El impacto de dos torpedos del Tenryū y uno del Aoba lo inmovilizaron definitivamente. A las dos y cuarto toda la superestructura del buque estaba en llamas y todos sus cañones habían sido silenciados. Se hundió a las tres menos veinte.

El Quincy bajo el fuego enemigo, a la luz de los proyectores y las bengalas:


El tercer crucero de la fuerza norte, el Vincennes, también tuvo una entrada en combate caótica. Su capitán dudó si dar la orden de abrir fuego, al no poder identificar a los buques que lo iluminaron con sus reflectores. Solo lo hizo cuando comenzaron a caer a su alrededor los proyectiles disparados por los cañones del Kako. Unos minutos más tarde el crucero estadounidense recibió el impacto de dos torpedos lanzados por el Chōkai. La artillería del Vincennes logró alcanzar al Kinugasa, que se había unido al Kako en la lucha, provocándole daños de relativa importancia. Pero el cañoneo de los cruceros japoneses continuó incansablemente, inutilizando sus calderas y provocando varios incendios que se hicieron incontrolables. Finalmente el buque fue alcanzado por un tercer torpedo y comenzó a escorarse a babor. A las dos y cuarto el capitán Frederick Riefkohl dio la orden de abandonar el barco. El Vincennes se hundió media hora más tarde.

Los dos destructores de la fuerza norte, el Helm y el Wilson, prácticamente no intervinieron en el combate. Sí lo hizo el Ralph Talbot, que se encontraba en su zona del patrulla, al noroeste de la isla de Savo. Los cruceros ligeros Tenryū y Yubari y el crucero pesado Furutaka se habían separado de la columna japonesa, tomando rumbo oeste. Cuando se encontraron con el Ralph Talbot abrieron fuego contra él. El destructor sufrió daños graves, pero consiguió huir.

A las dos y veinte el almirante Mikawa dio la orden a sus buques de iniciar el regreso. La flota de desembarco aliada estaba casi desprotegida y a su alcance, pero él no podía saberlo. Creía que los portaaviones estadounidenses seguían en aguas de Guadalcanal, y no podía arriesgarse a lanzar contra ellos su fuerza de cruceros sin contar con cobertura aérea.

A primera hora de la mañana el oficial al mando del Canberra dio orden de abandonar el barco, que sería torpedeado más tarde por destructores estadounidenses para asegurar su hundimiento. La tripulación del Astoria confiaba en poder salvar el suyo, pero, tras luchar toda la mañana contra los incendios y las inundaciones, al mediodía también tuvieron que abandonarlo y dejar que se hundiese. La noche siguiente la flota aliada abandonó Guadalcanal. La batalla les había costado más de mil vidas y la pérdida de cuatro cruceros pesados. Fue una de las mayores derrotas sufridas por la US Navy en toda su historia.

Cuatro meses después la Marina estadounidense abrió una comisión de investigación para determinar las posibles responsabilidades en la increíble cadena de errores que habían llevado al desastre a la flota de Crutchley. Tras cuatro meses más de trabajo, la comisión tenía listas sus conclusiones. Se exculpaba a todos los almirantes con mando en las fuerzas navales aliadas en Guadalcanal (Fletcher, Turner, Crutchley y McCain, el comandante de la fuerza de desembarco), así como a la mayor parte de los capitanes de los buques que intervinieron en la batalla. El capitán Riefkohl, comandante del Vincennes y de la fuerza norte, aunque oficialmente también fue exonerado, no volvería a mandar un buque en toda la guerra. Pero el principal responsable a ojos de la comisión fue el capitán Howard Bode, el hombre al que Crutchley puso al mando de la fuerza sur aquella fatídica noche. Bode se encontraba en la base naval de Balboa, en Panamá, cuando se enteró de que se le consideraba el gran culpable de la derrota y de que iba a ser cesado. Se suicidó disparándose con su pistola el 19 de abril de 1943.

Sin embargo, paradójicamente, muchos creen que el error más decisivo de todos lo cometió el vencedor en la batalla. Si Mikawa hubiese decidido atacar a los buques de transporte habría dejado a las fuerzas estadounidenses en Guadalcanal en una situación crítica. Una victoria japonesa habría evitado que Guadalcanal fuese el punto de inflexión de la guerra en el Pacífico. Mikawa fue muy criticado a posteriori por su decisión, pero lo cierto es que en aquel momento, y con la información que él tenía, parecía la más adecuada. Enviar su fuerza de cruceros, sin cobertura aérea, contra una flota que teóricamente estaba protegida por varios portaaviones enemigos suponía un riesgo que ningún comandante sensato habría estado dispuesto a correr.

El primer millón

Esta entrada es para presumir de que el blog ha superado el millón de páginas vistas, o al menos eso es lo que dicen las estadísticas de Blogger. La verdad es que no sé si es mucho o poco, imagino que es una cifra modesta si la comparo con las de otros blogs o webs. Pero como no me quiero comparar con ninguno, a mí me parece una barbaridad. Ya lo es que después de siete años, y a pesar de los altibajos de los últimos tiempos, siga en activo. Como he repetido a menudo, esto para mí solo es un entretenimiento. Y no suelo ser tan constante en mis aficiones.

Gracias a todos por seguir ahí.

Un puente aéreo de cerveza

Después del desembarco de Normandía, el abastecimiento de los ejércitos aliados a través del canal de la Mancha se convirtió en un gigantesco desafío logístico. Hacer llegar diariamente alimentos y todo tipo de suministros básicos a cientos de miles de hombres, muchos de ellos en primera línea de combate, era una tarea titánica que a duras penas permitía satisfacer todas las necesidades y obligaba a marcar ciertas prioridades. Uno de los lujos al que las tropas de invasión tuvieron que renunciar (y probablemente el favorito, al menos para los soldados británicos) fue la cerveza. Era imposible conseguirla a través de los canales logísticos oficiales. Por eso en las escuadrillas de caza de la RAF tuvieron que recurrir a soluciones imaginativas para mantener el suministro constante del preciado líquido.

El Spitfire Mk IX era una versión evolucionada del Supermarine Spitfire que contaba con enganches bajo las alas para transportar bombas o tanques de combustible supletorios. Algún mecánico anónimo ideó la forma de modificar los enganches de forma que pudiesen servir para llevar barriles de cerveza. Una vez por semana, los Spitfires modificados eran enviados a Inglaterra en misiones de enlace o mantenimiento, o con cualquier otra excusa, para que a su regreso a Francia pudiesen transportar un par de barriles bajo las alas. Las bajas temperaturas del aire durante el vuelo hacían que la cerveza llegase refrigerada y lista para su consumo. Cuando los servicios de propaganda se enteraron de la historia no tardaron en sacarle provecho. Tanta publicidad se les dio que los Spitfires cerveceros llegaron a tener su propia denominación semioficial, Spitfire Mk XXX. No se sabe si los barriles se podían desprender en caso de emergencia, aunque de ser así el piloto habría necesitado un muy buen motivo para hacerlo. En caso contrario se arriesgaba a convertirse en el hombre más odiado de la escuadrilla durante toda la semana.


Se dice que la práctica acabó (al menos de forma oficial) cuando el Ministerio de Hacienda británico notificó a las empresas que suministraban la cerveza que estaban violando la ley por exportar un producto sin pagar las tasas correspondientes. Pero es bastante probable que los pilotos encontrasen la manera de continuar con los transportes de cerveza, con o sin el permiso de sus mandos.

Enciende las luces, que no nos vean

Estos últimos días hemos visto dos de los camuflajes navales más singulares de la Segunda Guerra Mundial, el camuflaje rosa de lord Mountbatten y el camuflaje vegetal del Abraham Crijnssen. Podríamos añadir a la lista de rarezas el camuflaje dazzle, inspirado en el cubismo, del que hablé hace ya un tiempo. Pero sin duda la más insólita de todas las técnicas de camuflaje naval de la época fue una desarrollada por los canadienses y conocida como “camuflaje de iluminación difusa”. Básicamente consistía en iluminar un barco para hacerlo invisible por la noche.

El camuflaje de iluminación difusa nació de una investigación de Edmund Godfrey Burr, un profesor de ingeniería de la Universidad McGill de Montreal. En 1940 Burr trabajaba en el diseño de sistemas de observación nocturna por encargo del NRC, el Consejo Nacional de Investigación canadiense. El objetivo original de los estudios de Burr era encontrar métodos eficaces de camuflaje aéreo. Había comprobado que un observador en tierra podía distinguir fácilmente la silueta de un avión que volase sobre él, recortada como una mancha negra sobre el cielo nocturno (que siempre se vería más brillante, por oscuro que fuese). Una fría noche de diciembre de 1940 encontró la solución teórica a su problema. Cuando observaba la aproximación a tierra de un avión, vio cómo el aparato desaparecía de su vista. En realidad había sido un efecto producido por la nieve que cubría el suelo, cuya luz se reflejaba en la parte inferior del avión y anulaba la diferencia de brillo entre éste y el cielo nocturno. Pensó que si dotaba a la aeronave de un sistema de iluminación que se pudiese regular a la intensidad adecuada, ésta se volvería casi invisible a los ojos de un observador terrestre. Burr informó de su hallazgo al NRC, pero allí no tardaron en darse cuenta de las dificultades técnicas que suponía aplicar el principio de la iluminación difusa a un avión. La energía necesaria para hacer funcionar el equipo era demasiado grande, y los proyectores externos, montados en el fuselaje y las alas, alterarían su aerodinámica. En cambio, sí vieron las posibilidades que la idea podía tener en el campo del camuflaje naval, y en concreto en la defensa contra submarinos. Inmediatamente se pusieron en contacto con la Marina Real Canadiense, que se mostró muy interesada en sus investigaciones.

Trabajando para la Marina, Burr comenzó a desarrollar su idea. El principio teórico era perfectamente conocido por los zoólogos, ya que es una técnica de camuflaje utilizada por una gran cantidad de organismos marinos bioluminiscentes. Por ejemplo, el calamar luciérnaga tiene en su zona ventral cientos de órganos luminosos, y puede regular su brillo y su color para adaptarlos a los de la superficie marina, de forma que su sombra desaparece a la vista de cualquier depredador que pase bajo él.


Basándose en este mismo concepto, el camuflaje de iluminación difusa consistiría en dotar a los barcos de un sistema de proyectores regulables que pudiesen emitir a la intensidad lumínica exacta para mimetizarse con el brillo ambiental. En enero de 1941 se instaló el primer prototipo en la corbeta Cobalt. Se trataba de una serie de proyectores ordinarios (ni siquiera estaban montados en soportes impermeables) sujetos al casco y regulados manualmente. En mayo se probó una versión mejorada en la corbeta Chambly. Entre otras cosas, los proyectores se instalaron sobre soportes retráctiles, para poder retirarlos cuando el sistema no estuviese en uso, y a las lámparas se les añadieron filtros azulados para eliminar los tonos rojizos que emitían a bajas temperaturas. Los resultados fueron lo suficientemente convincentes como para diseñar una tercera versión, ya más sofisticada, que se probó en septiembre de 1941 en la corbeta Kamloops. Por primera vez el equipo contaba con un sistema de control automático. Una célula fotoeléctrica medía el brillo del cielo nocturno y regulaba los proyectores a la intensidad precisa.

Ya en 1943 se instalaron sistemas de iluminación difusa en otras dos corbetas, la Edmundston y la Rimouski. Cada uno de ellos estaba formado por un equipo de control automático por célula fotoeléctrica y unos 60 proyectores de luz repartidos por todo el barco (los del casco estaban montados sobre soportes retráctiles, los de la superestructura sobre soportes fijos). Se hicieron numerosos ensayos con ambos buques, incluyendo pruebas en mar abierto. Incluso llegaron a participar en misiones de escolta a convoyes en el Atlántico. Aunque los resultados experimentales conseguían una reducción de la visibilidad de los barcos hasta en un 70 %, se vio que en condiciones de trabajo normales los equipos daban muchos problemas. Eran muy delicados, y fallaban con frecuencia a causa de averías eléctricas. Además, el sistema de control automático daba una respuesta demasiado lenta a las condiciones de luminosidad cambiantes.

En septiembre de 1943 surgió una oportunidad de probar el sistema de camuflaje de iluminación difusa en una auténtica misión de combate.

El servicio de inteligencia naval canadiense había descubierto que los alemanes preparaban una fuga masiva de oficiales de la Kriegsmarine del Campo de Prisioneros de Guerra Nº 30, situado en Bowmanville, Ontario. Los prisioneros habían coordinado sus planes con Berlín por medio de mensajes en clave enviados a través del correo. La huida del campo se haría excavando un túnel. Después los fugados cruzarían Quebec para llegar a las costas del golfo de San Lorenzo, donde les estaría esperando un submarino que les llevaría de vuelta a Alemania. El plan recibió el nombre en clave de “operación Kiebitz”. El submarino asignado fue el U-536, un u-boot del Tipo IXC al mando del capitán Rolf Schauenburg. El punto de recogida sería el faro de Pointe de Maissonette, en la bahía Chaleur, en la noche del 26 al 27 de septiembre. Pero los canadienses habían estado descifrando las comunicaciones que mantenían los prisioneros con Alemania y conocían todos los detalles del plan. Dejaron que continuasen con los preparativos, y el día de la fuga los prisioneros fueron capturados nada más salir del túnel. El fracaso de la evasión se mantuvo en secreto para no alertar a los alemanes. En la bahía Chaleur se concentró una pequeña fuerza naval con la misión de capturar al sumergible alemán cuando éste acudiese a la cita. El papel estelar iba a ser para la corbeta Rimouski, que aprovecharía su equipo de contrailuminación para acercarse al submarino y tomarlo por sorpresa.

La corbeta Rimouski, el único buque que llegó a utilizar el camuflaje de iluminación difusa para engañar a un submarino enemigo:


El 24 de septiembre el U-536 llegó a la bahía Chaleur. El capitán Schauenburg había observado una cantidad inusual de buques de guerra en la zona y no las tenía todas consigo, pero decidió seguir con el plan y aguardar a la fecha fijada. La noche del 26 el U-536 emergió y comenzó a hacer señales luminosas a la costa. Desde la orilla un oficial de la Marina canadiense respondió a los mensajes con una lámpara de señales, mientras la Rimouski empezaba a aproximarse al sumergible sin ser descubierta. Y entonces hubo algo que alarmó a Schauenburg. El capitán alemán ordenó la inmersión inmediata, convencido de que estaba a punto de caer en una trampa. El porqué es difícil de saber. Puede que los hidrófonos del submarino descubriesen los movimientos de los canadienses, o que se cometiese un error en los mensajes que se enviaron desde la costa que alertó a los alemanes. O que viesen a la Rimouski. Los buques canadienses trataron de evitar su huida atacándolo con cargas de profundidad, pero el U-536 consiguió escapar de la bahía. No regresaría de aquella misión. El 20 de noviembre fue hundido al nordeste de las Azores por una fragata británica y dos corbetas canadienses.

Los sistemas de iluminación difusa no tendrían más ocasiones de demostrar su valía. La derrota de los u-boote en la batalla del Atlántico era cada vez más evidente. La entrada en servicio de aviones de gran autonomía, las mejoras técnicas en el radar o el sonar, y la aplastante superioridad numérica aliada, entre otros factores, hicieron que a finales de 1943 la flota submarina alemana prácticamente dejase de ser una amenaza. La investigación del equipo de Burr fue perdiendo importancia en favor de otras más prioritarias. Se canceló definitivamente al terminar la guerra.

Cuando comenzaron sus investigaciones sobre contrailuminación, los canadienses compartieron sus avances con sus aliados británicos y estadounidenses. Ya en marzo de 1941 la Royal Navy empezó a hacer ensayos con un sistema de iluminación difusa montado en la corbeta Trillium. Los resultados fueron lo bastante prometedores como para continuar con el proyecto. Entre enero y febrero de 1942 se probaron nuevos equipos en el crucero ligero Penelope y el OBV Larg (OBV son las siglas de Ocean Boarding Vessel, un mercante reconvertido en interceptor oceánico). A mediados de 1942 los trabajos se abandonaron casi por completo. El proyecto se cerró oficialmente en abril de 1943. La Marina estadounidense también hizo algunas pruebas con equipos de diseño propio. Al igual que los canadienses (y a diferencia de los británicos, que optaron por el control manual), los estadounidenses desarrollaron sistemas de contrailuminación automáticos. Uno de ellos se probó en el buque de suministros Hamul. Los estudios se abandonaron en 1942, y todos los equipos estadounidenses fueron cedidos a los canadienses, los únicos que continuaban con el proyecto.

El buque británico Larg con sus proyectores de iluminación difusa encendidos a la máxima potencia:


La US Navy mostró mucho más interés en desarrollar un sistema de camuflaje de iluminación difusa para aeronaves, algo que los canadienses habían descartado por sus grandes dificultades técnicas. A partir de 1943, dentro del denominado proyecto Yehudi, los estadounidenses hicieron numerosas pruebas colocando lámparas en el fuselaje y las alas de bombarderos Consolidated PB4Y Liberator y torpederos Grumman TBF Avenger. Los resultados estaban siendo prometedores, y parecía que no tardarían en conseguir un sistema de contrailuminación aéreo eficaz, pero también en este caso el desarrollo del radar hizo que se acabasen abandonando los trabajos. La Marina estadounidense decidió no invertir más recursos en una tecnología que en poco tiempo iba a quedar obsoleta, y en 1945 canceló el proyecto.