Helene Mayer, la judía que confió en Hitler

Antes de los Juegos Olímpicos de Berlín hubo una fuerte campaña internacional para promover un boicot como protesta por las leyes racistas del gobierno nazi. En Estados Unidos, el Sindicato Atlético Amateur presionaba al Comité Olímpico de su país pidiendo que no respondiese a la invitación hecha por Alemania para participar en los Juegos a menos que el gobierno de Hitler garantizase la no discriminación de los deportistas judíos. Otros países amenazaron también con el boicot por el temor (más que fundado) de que sirviese de escaparate propagandístico para el régimen nazi, pero era evidente que la clave estaba en Estados Unidos. La decisión del Comité Olímpico Estadounidense arrastraría a los demás tanto en un sentido como en otro.

Para tranquilizar a los partidarios del boicot, uno de los miembros estadounidenses del COI, el general Charles Sherryll, propuso la inclusión de la esgrimista judía Helene Mayer en el equipo olímpico alemán como gesto que demostrase la sinceridad de las autoridades nazis. Con la mediación de Sherryll, el Comité Olímpico de Alemania se puso en contacto con Mayer, que residía en Estados Unidos, para saber si estaría dispuesta a representar al Reich en los Juegos. Aceptó encantada. En Estados Unidos muchos la criticaron por no apoyar el boicot, pero ella sentía que no podía negarse a participar en la competición deportiva más importante que se había celebrado nunca en su país. Junto a ella, otros veinte deportistas judíos fueron invitados a competir en las pruebas de selección. Se les permitió regresar a su país (en el caso de los exiliados) y reintegrarse en los clubes deportivos de los que habían sido expulsados.

Los gestos del gobierno de Hitler consiguieron su objetivo. Con el inestimable apoyo de los principales dirigentes de los comités olímpicos internacional y estadounidense, que buscaban por encima de todo asegurar la celebración de los Juegos, los nazis convencieron al mundo de que en Berlín no iba a haber ningún tipo de discriminación hacia los judíos. En cuanto se disipó la amenaza de boicot, las autoridades alemanas volvieron a deshacerse de los deportistas judíos excluyéndolos de sus equipos. De los veintiún preseleccionados solo mantuvieron a una: Helene Mayer. Tenía a su favor su popularidad en Estados Unidos, su patriotismo a toda prueba y su carácter nada reivindicativo. Y además, no respondía en absoluto a la teórica imagen del judío que pregonaba el nazismo. Alta, esbelta, rubia y de ojos azules, era más bien un ejemplo inmejorable de raza aria. Por todo ello Helene Mayer fue la única judía entre los cuatrocientos setenta deportistas que integraron el equipo olímpico alemán en los Juegos de Berlín (en realidad Mayer solo era de padre judío, pero para los nazis aquello no suponía una gran diferencia).

Helene Mayer tenía 25 años y era hija de un médico de Offenbach del Meno, en Hesse. Los de Berlín iban a ser sus terceros Juegos Olímpicos. En Amsterdam 1928, con solo 17 años, había ganado la medalla de oro en la especialidad de florete. Para entonces ya se había impuesto en cuatro campeonatos de Alemania consecutivos (el primero con tan solo 13 años) con el club de Esgrima de Offenbach. Antes de sus segundos Juegos ganaría otros tres campeonatos nacionales más y los mundiales de 1929 y 1931. En Los Ángeles 1932 acabó en un discreto (para su palmarés) quinto puesto. Pero su participación en aquellos juegos le valió una beca deportiva de la Universidad del Sur de California. Mayer se fue a estudiar a Estados Unidos coincidiendo prácticamente con la llegada de los nazis al poder en Alemania. La entrada en vigor de las leyes de Nuremberg en 1935 le supuso la pérdida de su ciudadanía y de gran parte de sus derechos civiles. Entre otras cosas, fue expulsada del Club de Esgrima de Offenbach, al que tantos triunfos había dado. Pero a pesar de todas las ofensas e injusticias que tuvo que sufrir, ella nunca quiso renunciar a su país.

En Berlín, Helene Mayer ganó la medalla de plata en la competición de florete. Fue derrotada por otra judía, la húngara Ilona Schacherer-Elek. Durante la ceremonia de entrega de medallas, cuando sonaba el himno de la vencedora y se izaban las banderas nacionales de las tres medallistas, Mayer sorprendió a todo el mundo haciendo el saludo nazi.


Más tarde Mayer conoció a Hitler en una recepción celebrada en la Cancillería del Reich. El Führer la alabó afirmando que era "la mejor y más limpia deportista del mundo".

Después de los juegos, Mayer regresó a Estados Unidos pensando que cuando quisiese volver a su país encontraría las puertas abiertas. Se equivocaba. El gobierno de Hitler se desdijo de sus halagos y promesas y le retiró nuevamente la ciudadanía. La prensa alemana ignoró sus éxitos deportivos posteriores (se proclamó campeona del mundo por tercera vez en 1937) y sus compatriotas no tardaron en olvidarse de ella. Mayer no perdía la esperanza de poder regresar a Alemania, pero unos años más tarde, al estallar la guerra, su sueño se volvió imposible. Se estableció en San Francisco y continuó con su impresionante carrera deportiva, ganando todo lo que podía ganar en aquellos años (que no era mucho, con los campeonatos del mundo y los Juegos Olímpicos cancelados por la guerra). Venció en los campeonatos estadounidenses ocho veces, la última en 1946. Por entonces ya había obtenido la nacionalidad estadounidense y compaginaba la esgrima con un trabajo de profesora de ciencias políticas en la Universidad de California.

En 1952 Helene Mayer regresó a Alemania. Le habían diagnosticado un cáncer de mama, y quiso pasar sus últimos meses de vida en su tierra natal. Allí se casó con un antiguo novio de juventud, el ingeniero aeronáutico Erwin Falkner von Sonnenburg. Murió en Munich en octubre de 1953, con solo 42 años.

4 comentarios:

  1. Pecó de ilusa cuando pensaba que iban los nazis a recibirla con honores al regresar a su país. Fue afortunada al poder librarse del destino reservado a muchos como ella.
    Un saludo.

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    1. Puede que sí, que lo mejor que le pudo pasar fue que lo le permitiesen regresar a Alemania. Por muy heroína olímpica que fuese, para los nazis nunca habría dejado de ser una judía como cualquier otra.
      Un saludo.

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  2. La hipocresía del régimen nacional-socialista no tenía límites, y más a la hora de usar el deporte como escaparate internacional. Es difícil de entender como Mayer, accedió a representar a un Estado, que la había privado de su nacionalidad convirtiéndola en una ciudadana de segunda, años atrás. Al menos pudo volver a EEUU y continuar allí su vida.

    Saludos

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    1. Imagino que simplemente fue el amor a su tierra y el deseo de regresar a ella lo que la llevó a aceptar convertirse en un instrumento propagandístico del régimen.
      Un saludo, Guntz.

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