Bill Wyatt, el fugitivo bendecido por el Papa

Charles “Bill” Wyatt era un joven contable empleado en el Consejo de Tenedores de Bonos Extranjeros, el organismo público encargado de proteger los intereses de los titulares de bonos en libras esterlinas emitidos en el Reino Unido en nombre de estados extranjeros. Cuando estalló la Segunda Guerra Mundial dejó su trabajo y se alistó en el Ejército. En 1941 fue destinado al 10º de Húsares, un histórico regimiento de caballería que había cambiado los caballos por carros de combate. Con el rango de alférez, se convirtió en comandante de un Crusader, el más famoso de los tanques de crucero británicos (así se denominaba a los carros ligeros de caballería, cuyo punto fuerte era la velocidad, en detrimento de otros aspectos como el armamento o el blindaje). El regimiento estaba integrado en la 2ª Brigada Blindada, que en diciembre de 1941 participó en la contraofensiva que obligó a las fuerzas del Eje a retirarse de Egipto y regresar a Libia.

El 23 de enero de 1942, en Saunnu, al sur de la ciudad libia de Bengasi, el escuadrón de Wyatt fue sorprendido por un ataque de tanques y cañones anticarro. Su Crusader fue alcanzado por un proyectil anticarro y comenzó a arder. Wyatt vio que el artillero estaba muerto y que el operador de radio había sido herido en el vientre. Le arrastró fuera del tanque para ponerle a salvo. A continuación regresó a por el conductor, que estaba también herido y se había quedado atrapado dentro del vehículo en llamas. Ignorando el fuego de las ametralladoras enemigas, se encaramó a la torreta, logró abrir la escotilla y sacó a su compañero del interior. Por aquella acción le fue otorgada la Military Cross, la tercera condecoración británica en importancia.

A finales de mayo de 1942 el Afrika Korps inició una poderosa ofensiva en el área de Gazala con un ataque por el flanco sur que sorprendió a las líneas británicas. El 27 de mayo la 2ª Brigada Blindada, que defendía aquel sector del frente, fue arrollada por las unidades acorazadas alemanas. Al día siguiente el escuadrón de Wyatt recibió la orden de lanzar un contraataque a la desesperada, con tan mala suerte que los Crusaders se metieron de lleno en un campo de minas y acabaron atrapados y bajo el fuego de los cañones anticarro enemigos. Wyatt y su tripulación se vieron obligados a rendirse a los alemanes cuando su tanque recibió un impacto y quedó inmovilizado en tierra de nadie. Al día siguiente fueron entregados a los italianos, y poco después embarcaron junto con otros cientos de prisioneros en un buque que les iba a llevar a Italia.

El primer destino de Wyatt fue un campo de prisioneros situado a unos kilómetros de Bari, en el sur de la península italiana. Pero durante su cautiverio cambió tantas veces de prisión que prácticamente acabó recorriéndose todo el país. Primero le trasladaron a un campo en Chieti, en la costa del Adriático, y más tarde a otro situado en Fontanellato, cerca de Parma, en el norte. El día que se hizo pública la firma del armisticio italiano, el 8 de septiembre de 1943, se encontraba una vez más en tránsito hacia un nuevo campo. Wyatt vio entonces la oportunidad de fugarse, aprovechando la indiferencia de los soldados que le custodiaban. Un amable oficial italiano se ofreció a ayudarle y a llevarle hasta Roma. Allí se puso en contacto con un viejo amigo italiano de su padre, que le buscó escondite en un seminario católico dirigido por sacerdotes irlandeses.

Los alemanes habían ocupado Roma, y miles de fugitivos (judíos, antifascistas, prisioneros fugados...) estaban atrapados en la ciudad, buscando desesperadamente dónde ocultarse. Muchos de ellos encontraron refugio en conventos y colegios eclesiásticos. Wyatt fue de los más afortunados. En lugar tener que de encerrarse en un sótano o una buhardilla, a él le bastó con esconderse bajo una sotana. Wyatt suplantó la identidad de un joven sacerdote irlandés que había muerto el año anterior. Cambió la fotografía del pasaporte por una suya y se convirtió oficialmente en “el padre Fox”. En enero de 1944 el papa Pío XII visitó el seminario y le dio la bendición, sin saber que se estaba dirigiendo a un falso sacerdote.

Cuando llegaron rumores de que iba a haber una redada en el seminario, Wyatt se dirigió al Vaticano. Atravesó las puertas utilizando su falso pasaporte irlandés y buscó la ayuda del embajador británico ante la Santa Sede. Éste le buscó refugio en un segundo seminario. Allí estuvo escondido casi seis meses junto a otros fugitivos. Por fin, en junio de 1944 los alemanes se retiraron y las tropas estadounidenses entraron en Roma. Más de dos años y medio después de haber embarcado con el 10º de Húsares con destino a Egipto, Wyatt regresó a Gran Bretaña.

No tardó mucho en volver a embarcar. En septiembre de 1944 fue destinado como oficial de enlace a la 29ª Brigada Blindada, por entonces acampada en las proximidades de Amberes. Con su nueva unidad (que estaba al mando de su antiguo comandante en Egipto, el general Roscoe Harvey), Wyatt cruzó el Rin y participó en la ofensiva definitiva hacia el corazón del Reich. Terminó la guerra en Lübeck, a orillas del Báltico.

Bill Wyatt se licenció en diciembre de 1945 con el rango de capitán. Después de la guerra volvió a su trabajo en el Consejo de Tenedores de Bonos Extranjeros. Fue nombrado secretario de este organismo en 1952, director general en 1966, y, finalmente, presidente en 1978, cargo que ocupó hasta que el Consejo desapareció absorbido por el Banco de Inglaterra. Murió el 21 de agosto de 2014, con 101 años.

La fuga de los generales

En la primavera de 1941 la llegada de Rommel y su Afrika Korps en auxilio de los italianos supuso un vuelco en la situación militar en el norte de África. Las tropas del Eje recuperaron la iniciativa y en cuestión de semanas lograron expulsar a los británicos de Libia. En su veloz avance hacia la frontera egipcia, los italoalemanes embolsaron y capturaron a decenas de miles de soldados de la Commonwealth, entre los cuales se encontraban un buen número de generales y oficiales de Estado Mayor.

La mayor parte de los prisioneros de guerra británicos eran enviados a la Italia continental. Tras pasar por un campamento de tránsito en Capua, eran trasladados a distintos campos repartidos por todo el país. Los generales fueron a parar inicialmente a Villa Orsini (conocido de manera oficial como “Campo de Concentración de Prisioneros de Guerra 78”, o, abreviadamente, PG-78), un gran campo, con capacidad para miles de prisioneros, situado en la región de los Abruzos, en el centro de la península italiana. En el verano de 1941 un grupo escogido de aquellos oficiales fue trasladado al PG-12, una fortaleza especialmente acondicionada para albergar a prisioneros del más alto rango.

El castillo de Vincigliata era una antigua fortaleza medieval que se alzaba sobre una pequeña colina a unos kilómetros de Florencia. A mediados del siglo XIX, cuando no era más que un montón de ruinas, fue adquirido por un acaudalado británico llamado John Temple-Leader, quien, siguiendo la moda de la época (la pasión romántica por lo medieval), lo mandó reconstruir en un estilo neogótico. Casi un siglo más tarde, cuando estalló la guerra, el castillo fue requisado por el gobierno italiano y transformado en el Campo de Prisioneros de Guerra 12. Se podría considerar una prisión de lujo, con comodidades impensables en otros centros de internamiento. Un informe de la Cruz Roja de principios de 1943 lo describía “...como una casa de campo”, ya que los prisioneros podían pasar la mayor parte de su tiempo en el jardín. Nunca llegó a albergar a más de veinticinco prisioneros, de los cuales menos de una decena eran generales. El resto eran sus asistentes personales y algunos oficiales de menor rango o suboficiales que se ocupaban de distintos servicios dentro de la prisión (médico, cocineros, capellán...).

El castillo de Vincigliata, en la actualidad un bonito lugar para celebrar eventos de gala en plena campiña toscana:


Entre los “huéspedes” más ilustres de Vincigliata se encontraban nada menos que tres tenientes generales:

- El teniente general Sir Philip Neame, comandante en jefe y gobernador militar de Cirenaica. Fue capturado junto al teniente general Richard O'Connor y al teniente coronel John Combe el 6 de abril de 1941, cuando el vehículo en el que se dirigían a su nuevo cuartel general se topó con una patrulla de reconocimiento alemana. Era un hombre con muchas habilidades. Había servido en una compañía de los Royal Engenieers durante la Gran Guerra. Allí su gran aportación había sido el diseño de una granada de mano artesanal con latas de mermelada, pólvora y tornillos que los zapadores construyeron por centenares. Excelente tirador, en 1924 había ganado una medalla de oro en tiro en los Juegos Olímpicos de París. Además, durante su cautiverio descubrió que tenía un talento oculto para el bordado.

- El teniente general Sir Richard Nugent O'Connor, nacido en 1889 en Srinagar, Cachemira, hijo de un oficial del Ejército Británico en la India. Como comandante de la Fuerza del Desierto Occidental, se destacó en 1940 dirigiendo a las tropas británicas que, en gran inferioridad numérica, lograron expulsar a los italianos de Egipto y contraatacaron con éxito ocupando toda Cirenaica. En abril de 1941, cuando comenzó la imparable ofensiva de Rommel en Libia, O'Connor acudió desde El Cairo para conocer de primera mano la situación. Fue capturado junto al general Neame cuando se dirigían al nuevo cuartel general de este último.

- El mariscal del aire (el equivalente a teniente general en la RAF) Owen Tudor Boyd, que había sido en su juventud pionero de la aviación y veterano del Flying Air Corps. En diciembre de 1940 tras ser nombrado vicecomandante de las fuerzas aéreas británicas en Oriente Medio, subió como pasajero a un bombardero Wellington que le llevaría a Egipto vía Malta para tomar posesión de su mando. Sobrevolando el Mediterráneo central, el avión fue interceptado por un grupo de cazas italianos y obligado a tomar tierra en Sicilia. El mariscal fue hecho prisionero junto a su asistente, el capitán Leeming.

Otro prisionero destacado fue el pintoresco general de división Sir Adrian Carton de Wiart, descendiente de una de las familias más importantes de la aristocracia belga. Durante la Primera Guerra Mundial había sido herido en ocho ocasiones, perdiendo un ojo, una oreja y una mano (se decía que él mismo se arrancó los dedos a bocados cuando el médico que le atendía se negó a amputarlos). Churchill le puso al mando de la misión militar británica en Yugoslavia cuando el país trataba de resistir las presiones alemanas para unirse al Eje. En ruta a su nuevo destino, en abril de 1941, el bombardero Wellington en el que viajaba se estrelló en el mar frente a la costa norteafricana y el general fue capturado. Fue uno de los más activos en sus intentos de fuga.

Otros dos generales llegaron en el verano de 1941 al castillo de Vincigliata. Ambos habían sido capturados en Mechili, cuando el grueso del XIII Cuerpo de Ejército británico se rindió a Rommel. Se trataba del general de división Michael Gambier-Parry, oficial al mando de la 2ª División Blindada, y del general de brigada Edward Drummond Vaughan, comandante de la 3ª Brigada Motorizada India. Más tarde se les uniría el general de brigada Edward Todhunter, capturado también en Mechili. Durante su cautiverio, “Ted” Todhunter se convirtió en el bibliotecario de la prisión y en el encargado del “servicio de noticias”, recogiendo informaciones de la prensa italiana y traduciéndolas al inglés para sus compañeros.

En Mechili también cayó prisionero el coronel George Younghusband, comandante de la 7ª Brigada Blindada. Hasta que fue trasladado a otro campo, en abril de 1943, él y el teniente coronel John Frederick Boyce Combe, oficial de estado mayor capturado junto a los generales O'Connor y Neame, fueron los encargados de trabajar una huerta y de criar unas gallinas, permitiendo a los prisioneros disfrutar de una gran variedad de alimentos frescos.

En esta fotografía se puede ver al teniente coronel Combe (sonriente, a la izquierda de la imagen) acompañado del general de división Gambier-Parry (a la derecha, con el cigarrillo en la boca) y del teniente general Neame (en el centro); tras este último asoma la cabeza del teniente general O'Connor; la fotografía fue tomada después de su captura, en algún aeródromo del Eje (como se puede adivinar por el JU-52 alemán que se ve detrás de ellos):


En marzo de 1942 llegaron a Vincigliata dos generales neozelandeses. Casualmente ambos eran veteranos de la Gran Guerra, concretamente de la campaña de Gallípoli, donde los dos habían sido heridos de gravedad. El general de brigada Reginald Miles (“Reggie”), comandante del 6º Regimiento de Artillería de Campaña, fue capturado por el Afrika Korps en diciembre de 1941 con heridas por metralla en la espalda. El general de brigada (y exdiputado del Parlamento neozelandés) James Hargest, al mando de la 5ª Brigada de Infantería, fue hecho prisionero en noviembre de 1941 en la defensa de Tobruk. Ambos se adaptaron sin problemas a la rutina de la prisión, aficionándose a la jardinería. Con ellos llegó el general de brigada Douglas Arnold Stirling (“Pip”), comandante del 11º de Húsares, capturado una noche de noviembre de 1941 en el desierto por una patrulla de reconocimiento alemana. Se convirtió en el encargado de la cocina del castillo. En una ocasión fue enviado a Roma para ser juzgado por haber escrito en una tarjeta postal que los italianos eran unos ”bastards”. Mostrando unas grandes dotes para la retórica, prácticamente convenció al tribunal de que en inglés aquella era una expresión cariñosa. Por suerte para él, fue llevado de vuelta a Vincigliata y no volvió a saber nada más del asunto.

Algunos de los asistentes personales de los oficiales de más alto rango les acompañaron en su cautiverio. El flight lieutenant (el rango equivalente a capitán en la RAF) John Fishwick Leeming era el ayudante de campo del mariscal Boyd y fue capturado junto a él. Demostró una gran astucia fingiendo un caso agudo de depresión nerviosa y consiguiendo que una junta médica internacional le propusiese para su repatriación. Así pudo regresar a Gran Bretaña en abril de 1943. También estuvo cautivo en Vincigliata el asistente del general Neame, un joven alférez llamado Dan Ranfurly. Dicho así no parece tener nada de particular. La cosa cambia si aclaro que se trataba de Lord Thomas Daniel Knox, sexto conde de Ranfurly, un destacado miembro de la más rancia aristocracia británica (aunque en realidad el condado está en Irlanda). Después de la guerra llegaría a ser gobernador de las Bahamas.

Respondiendo a una solicitud de los prisioneros, que pedían que les fuese asignado un médico británico, fue trasladado a Vincigliata el capitán Ernest E. Vaughan, del Cuerpo Médico del Ejército de la India, capturado en Tobruk.

En cuanto a los suboficiales que se encargaban de las tareas rutinarias de la prisión, a pesar de que varios de ellos colaboraron muy activamente en los planes de fuga, hay mucha menos información (no podía ser de otro modo, aún hay clases). Por citar a algunos, estaban el sargento de la RAF Ronald Bain, un electricista irlandés encargado de las labores de mantenimiento del edificio, el también sargento de la RAF H.J. Baxter, ayudante de cocina, y el marinero Cunningham, que había llegado al castillo para ejercer como barbero.

En Vincigliata los británicos disfrutaban de comodidades impensables en cualquier otro campo de prisioneros. La disciplina era relajada y el trato de los guardianes era en general correcto y amistoso. A pesar de ello, desde el primer momento los prisioneros comenzaron a idear planes de huida. No tardaron en organizar un “Comité de Fugas”, dirigido por el teniente general O'Connor. Contaban además con una importante ayuda del exterior, la que les proporcionaba el MI9, el departamento de los servicios secretos británicos encargado de apoyar a los prisioneros de guerra en sus intentos de fuga. Gracias al MI9 podían contar con valiosos objetos, como mapas, brújulas o dinero italiano, que recibían ocultos en los paquetes de la Cruz Roja y otras organizaciones humanitarias. Además los prisioneros se mantenían en comunicación continua con Inglaterra a través de mensajes en clave transmitidos por medio del correo ordinario.

El primer intento serio de fuga lo protagonizó el teniente general O'Connor, que se descolgó de los muros del castillo con una cuerda hecha con telas que había confeccionado Cunningham, el barbero. El general fue capturado inmediatamente y castigado con un mes en régimen de aislamiento.

La mayor esperanza de los prisioneros era encontrar algún pasadizo oculto que les condujese al exterior. Les parecía más que probable que aquellos pasajes subterráneos existiesen, teniendo en cuenta que estaban en un auténtico castillo medieval. Pero nunca dieron con ninguno, de lo que acabaron culpando a su compatriota Temple-Leader, quien supuestamente los habría sellado cuando restauró la fortaleza un siglo antes. Lejos de desanimarse, tomaron la decisión de comenzar ellos mismos la construcción de su propio pasadizo. A mediados de septiembre de 1942 empezaron a excavar un túnel, que, partiendo de la capilla de la fortaleza, tendría que llevarles más allá de las murallas. El teniente general Neame, haciendo uso de los conocimientos adquiridos durante su servicio en los Ingenieros Reales, ejerció como director de los trabajos. El mariscal Boyd se destapó como un experto carpintero y fue uno de los que más contribuyeron a la labor. Durante seis meses, los prisioneros estuvieron rotando sin descanso en turnos de cuatro horas trabajando en la construcción del túnel. Éste consistía en una galería de 12 metros de longitud, 1 metro de alto y 1 metro de ancho, a la que se accedía por un pozo vertical de más de 2 metros de profundidad excavado bajo el suelo de la capilla. Al final del pasadizo había otra subida vertical de 2 metros para llegar a la superficie. El 20 de marzo de 1943 completaron el túnel. Tuvieron que esperar unos días más mientras ponían a punto los detalles de la fuga. Al fin, a primera hora de la noche del 29 de marzo, los seis hombres seleccionados para la evasión (O'Connor, Carton de Wiart, Combe, Boyd, Hargest y Miles) se adentraron en el túnel y salieron más allá de los muros del castillo.

Los fugados se alejaron a toda velocidad tratando de poner toda la distancia posible antes de que se descubriese su huida. Se dividieron en parejas: O´Connor y Carton de Wiart se dirigieron al norte, cruzando a pie los Apeninos haciéndose pasar por campesinos italianos (lo que tenía mucho mérito, teniendo en cuenta que no hablaban el idioma y que el aspecto de Carton de Wiart, con su única oreja, su parche en el ojo y su manga vacía, era de lo más llamativo). Fueron capturados ocho días más tarde por una patrulla de carabinieri cerca de Bolonia, a más de 100 kilómetros de distancia, y enviados de vuelta a Vincigliata. El mariscal Boyd y el teniente coronel Combe (el hombre de menor rango de todos los fugados) se las arreglaron para colarse en un tren con destino a Milán. Combe fue descubierto y arrestado en la estación de Milán cuando consultaba un horario de ferrocarriles. Boyd pudo subir a otro tren que se dirigía a Suiza, pero no logró pasar el control fronterizo en Como y fue también detenido.

Más suerte tuvieron los dos generales neozelandeses, Hargest y Miles. Al igual que Boyd y Combe, fueron a pie hasta la estación de Florencia, subieron a un tren que se dirigía a Milán y desde allí tomaron otro con destino a Suiza. En Como bajaron del tren y continuaron andando monte a través hasta llegar a la alambrada que marcaba la línea fronteriza. Aguardaron a que se hiciera de noche, y, protegidos por la oscuridad, se arrastraron sigilosamente hasta ella, cortaron los alambres con unos alicates y cruzaron la frontera. Se entregaron en el puesto de policía de la pequeña ciudad suiza de Mendrisio. El 2 de abril de 1943 fueron puestos en libertad en Berna. Los dos oficiales permanecieron seis meses en la capital helvética, esperando a que el MI9 organizase su viaje a Gran Bretaña siguiendo la arriesgada ruta que atravesaba el sur de Francia (por entonces el territorio de Vichy ya había sido ocupado por los alemanes) para llegar a España. Miles fue el primero en partir. El 20 de octubre de 1943 llegó a Figueras, en territorio español. Y entonces, cuando ya había dejado atrás todo el peligro, inexplicablemente se suicidó de un disparo en la cabeza. Hargest hizo el recorrido pocos días más tarde. Desde Figueras continuó viaje hasta Gibraltar, y desde allí a Inglaterra por vía aérea. Llegó al Reino Unido en noviembre de 1943.

El general de brigada James Hargest, el único de los fugados de Vincigliata que consiguió llegar a salvo al Reino Unido; poco tiempo después regresó al servicio; murió en combate el 12 de agosto de 1944, en la batalla de Normandía:


Los cuatro fugitivos capturados fueron llevados de vuelta al castillo, donde fueron castigados con treinta días de aislamiento. Los prisioneros sufrieron otras represalias, como el traslado a distintos campos de algunos de los asistentes personales de los generales. Llegó un nuevo comandante italiano, más severo que el anterior, y se reforzó considerablemente la guarnición hasta llegar al centenar de guardias. Su cometido era vigilar a menos de veinticinco prisioneros.

Los intentos de fuga cesaron, pero dos de los prisioneros consiguieron la libertad por otros medios. En abril de 1943, el capitán Leeming, ayudante de campo del mariscal Boyd, fingió una grave crisis nerviosa y logró que le enviasen a un hospital militar de Lucca. Una vez allí convenció de la gravedad de su estado a un comité evaluador de la Cruz Roja que estaba organizando un intercambio de prisioneros por motivos de salud. Leeming fue repatriado a Gran Bretaña vía Lisboa. El 23 de abril de 1943 llegó al puerto de Bristol a bordo del buque hospital Terranova. No tardó en reincorporarse al servicio, a pesar de sus supuestos problemas de salud. A mediados de agosto el general Carton de Wiart (un hombre muy bien relacionado en los círculos políticos europeos) fue seleccionado por las autoridades italianas para acompañar a Lisboa al general Zanussi, jefe adjunto del Estado Mayor italiano, uno de los negociadores designados para iniciar los contactos con los aliados previos al armisticio. En la capital portuguesa De Wiart fue puesto en libertad y ese mismo mes tomó un avión a Inglaterra. No pudo disfrutar mucho de su regreso a casa. Pocas semanas después, Churchill le destinó a China como su representante personal ante el gobierno del Generalísimo Chiang Kai-Shek.

Aunque nadie lo hubiese adivinado por su aspecto, el general Carton de Wiart logró la libertad antes de tiempo gracias a sus vínculos aristocráticos:


El 8 de septiembre de 1943 el capitán al mando de la guarnición de Vincigliata comunicó a los prisioneros que el gobierno italiano había firmado el armisticio con los aliados. Todos temieron entonces lo que podría ocurrir si los alemanes se hacían con el control de la prisión. Los mandos italianos, preocupados también por el futuro de los hombres que custodiaban, decidieron que lo mejor que podían hacer era dejarles en libertad y ayudarles a poner tierra de por medio. La mañana del 10 de septiembre los prisioneros fueron montados en camiones y llevados a la estación de ferrocarril de Florencia. Allí les esperaba un tren con destino a Arezzo, una ciudad situada 75 kilómetros al sureste. En la estación de Arezzo los británicos utilizaron sus cigarrillos y el dinero italiano que habían recibido de contrabando para comprar ropas civiles a los transeúntes. En las calles todo era confusión. Había militares por todas partes, sin que los británicos tuviesen forma de conocer las simpatías o las lealtades de unos y otros. Decidieron abandonar la ciudad y dirigirse al norte, a los montes Apeninos. Al día siguiente llegaron al monasterio de Camaldoli, situado en un tranquilo bosque entre las montañas.

Los monjes camaldolienses (así se llamaba su orden), nada simpatizantes de los fascistas, les dieron refugio. Solo los oficiales de más alto rango permanecieron en el monasterio. Los demás se dispersaron por las aldeas de los contornos, por motivos de seguridad pero también para compartir la carga que suponía alimentar a un grupo tan numeroso en la Italia rural empobrecida por la guerra. O'Connor y Neame hacían visitas frecuentes a todos sus hombres para comprobar su bienestar y darles noticias (habían conseguido hacerse con una radio, restableciendo las comunicaciones con el MI9). Los fugitivos británicos permanecieron ocultos durante semanas, ayudando en las labores del campo a los lugareños que les daban cobijo. Otros soldados aliados escapados de campos de prisioneros cercanos se unieron a ellos, aunque a finales de octubre muchos fueron vueltos a capturar durante una redada que hicieron los alemanes en los pueblos del valle.

El teniente coronel Pat Spooner había sido también un prisionero de guerra fugado. Regresó a Italia como agente del MI9 con la misión de ayudar a otros que estaban pasando por lo que había pasado él. Fue Spooner, en colaboración con los grupos partisanos locales, quien organizó el viaje definitivo a la libertad de los fugitivos de Vincigliata. En diciembre Neame, O'Connor y Boyd fueron trasladados a Cattolica, un puerto pesquero a orillas del Adriático. Allí Spooner alquiló un pequeño barco para llevarles al sur, al territorio controlado por los aliados. El 20 de diciembre de 1943 desembarcaron en Térmoli. Al día siguiente los tres hombres fueron recibidos en Bari por el general Alexander, comandante supremo de las fuerzas aliadas en Italia. En mayo de 1944 el resto de los fugitivos (cinco generales y otros once hombres) llegaron a Térmoli siguiendo la misma ruta. El general Gambier-Parry, que por algún motivo se había separado del grupo, consiguió llegar por sus propios medios a Roma. Allí encontró refugio en un convento, donde tuvo que esperar a la llegada de los ejércitos aliados.

Tras recuperar su libertad, Neame, O'Connor y Boyd no tardaron en reincorporarse al servicio activo, con suerte dispar. El desastre de Cirenaica había dañado de tal manera la reputación del teniente general Neame que, aunque conservó su rango, no volvió a tener mando directo de tropas durante el resto de la guerra. Más afortunado fue el teniente general O'Connor, que en enero de 1944 recibió el mando del VIII Cuerpo de Ejército británico, con el que desembarcó en Normandía y participó en la operación Market Garden. Se retiró en 1948, a los 58 años. Por su parte, el mariscal Boyd fue nombrado comandante del 93º Grupo de Bombardeo de la RAF. Murió de un ataque al corazón el 5 de agosto de 1944. Tenía 54 años.

Empezaron con mal pie

Los primeros aviones derribados por aviones de la Royal Air Force en la Segunda Guerra Mundial fueron... otros aviones de la Royal Air Force.

La mañana del 6 de septiembre de 1939, tres días después de la declaración de guerra británica, una batería de reflectores situada en la isla de Mersea, en la costa oriental de Inglaterra, detectó un avión no identificado que se aproximaba a gran altura desde el este. La alarma llegó al cuartel general del 11º Grupo de Caza, en Northolt, donde se coordinaba la defensa aérea del sureste de Inglaterra. En el aeródromo de Hornchurch, al este de Londres, se dio orden de despegar a los Spitfires de los escuadrones 54º, 65º y 74º para investigar la amenaza. Al mismo tiempo, en el campo de aviación de North Weald, en Essex, despegaron también los Hurricanes de los escuadrones 151º y 56º. Después de la salida de seis cazas del 56º Escuadrón, el capitán Lucking, el oficial al mando, ordenó el despegue de los otros dos Hurricanes de la unidad, que seguirían a distancia al resto y servirían como fuerza de reserva. Los demás pilotos no tuvieron conocimiento de que aquellos dos cazas habían despegado. Los doce Spitfires del 74º Escuadrón volaban en cuatro secciones de tres cazas cada una. En cabeza iba la sección del comandante de vuelo, Adolph "Sailor" Maran. En un determinado momento creyeron ver una formación de aviones enemigos, y Maran dio orden de atacar. La segunda sección, que les seguía a cierta distancia, picó detrás de ellos. Perdieron de vista a los aviones de Maran, pero ante ellos aparecieron dos cazas que identificaron como enemigos. La sección estaba formada por el teniente Vincent “Paddy” Byrne, el alférez John Freeborn y el sargento Flinders. Byrne y Freedorn abrieron fuego y derribaron los dos cazas. A su regreso a Hornchurch supieron que los aviones que habían derribado eran dos Hurricanes del 56º Escuadrón. Uno de los Hurricanes estaba pilotado por Frank Rose, que sobrevivió al derribo. El otro piloto era el alférez Montague Hulton-Harrop. Fue alcanzado en la cabeza por una ráfaga de ametralladora disparada por Freeborn. Hulton-Harrop fue el primer piloto británico muerto en la guerra. Byrne, Freeborn, y el comandante del 56º Escuadrón, el capitán Lucking, fueron puestos bajo arresto inmediatamente después del incidente. El consejo de guerra se celebró un mes más tarde a puerta cerrada. El tribunal exoneró a los pilotos, considerando el caso como un incidente desafortunado. Se desconoce qué fue lo que provocó la alarma que hizo despegar a los cazas.

El primer barco hundido por un buque de la Royal Navy en la Segunda Guerra Mundial fue... otro buque de la Royal Navy.

El 10 de septiembre de 1939, cuando el Reino Unido llevaba una semana en guerra, dos submarinos de la Royal Navy, el Oxley, de la clase O, y el Triton, de la clase T, se encontraban patrullando frente a las costas de Noruega, al sur de Stavanger, formando parte de la línea de bloqueo que trataba de impedir la salida de la flota alemana al mar del Norte. Para prevenir posibles incidentes de fuego amigo ambos sumergibles tenían que mantenerse en contacto y evitar invadir la zona de patrulla asignada al otro. Pese a ello, cuando los vigías del Triton divisaron un submarino navegando en superficie, su comandante, el teniente de navío H.P. Steele, sospechó que podía tratarse del Oxley. Para cerciorarse, como era incapaz de identificar al buque por su silueta, el teniente Steele ordenó utilizar la lámpara de señales y enviar varios mensajes solicitando que se identificase. Como no recibía ninguna respuesta, ordenó también lanzar varias bengalas. El segundo submarino seguía sin responder, así que finalmente el teniente Steele dio por hecho que se trataba de un u-boot alemán y dio la orden de atacar. El Triton lanzó dos torpedos que dieron de lleno en el blanco. El otro sumergible se hundió en pocos minutos. Cuando el Triton se acercó a recoger a los náufragos, solo pudieron encontrar a dos supervivientes. Uno de ellos era el teniente de navío Harold Godfrey Bowerman, comandante del Oxley. En el momento en el que su buque fue torpedeado se encontraba en el puente tratando desesperadamente de responder a tiempo a las señales que había recibido del Triton. El segundo hombre, el marinero Gluckes, tuvo la suerte de estar de guardia en el puente junto al capitán, salvándose así de morir atrapado en su buque como los restantes 52 hombres que completaban la tripulación del Oxley. Debido a un error de navegación, el Oxley se había adentrado varias millas dentro de la zona de patrulla asignada al Triton. Se desconoce por qué tardó tanto tiempo en responder a las insistentes señales de aviso enviadas por sus compañeros. Una comisión de investigación exculpó al teniente Steel y determinó que la actuación del Triton y su tripulación había sido correcta. Sin embargo, la pérdida del Oxley se atribuyó públicamente a una explosión accidental. La Royal Navy no dio a conocer los hechos reales hasta años después del fin de la guerra.

Y los primeros aviones derribados por aviones de la Royal Navy (aviación embarcada) en la Segunda Guerra Mundial fueron... ellos mismos.

La mañana del 14 de septiembre de 1939 el portaaviones británico Royal Oak, de patrulla en el Banco de Rockall, recibió un mensaje de socorro de un mercante que estaba siendo atacado por un submarino alemán. Tres aviones Blackburn Skua de su grupo aéreo despegaron armados con bombas perforantes y se dirigieron al encuentro del sumergible enemigo. Cuando los aviones llegaron a las coordenadas indicadas, divisaron el mercante, el Fanad Head, que había sido abordado por un grupo de alemanes. El u-boot (se trataba del U-30, un submarino del tipo VII-A) se había sumergido para huir de la amenaza aérea, pero los pilotos aún podían ver su silueta bajo el agua. Los tres aviones hicieron una pasada sobre el submarino dejando caer sus bombas. Éstas resultaron no ser tan perforantes como se suponía, ya que ninguna de ellas atravesó el agua. Algunas estallaron en la superficie, provocando alarmantes sacudidas en el U-30, pero otras rebotaron en el mar e hicieron explosión en el aire, debajo de los aviones que las habían lanzado. Dos de los Skuas fueron alcanzados por los fragmentos de sus propias bombas y cayeron al mar. Los pilotos, uno de los cuales estaba herido de gravedad, fueron rescatados por los alemanes que habían abordado el Fanad Head. El comandante del U-30, el teniente de navío Fritz-Julius Lemp, dio orden de emerger para recuperar a sus hombres, suponiendo que el tercer Skua no les atacaría al ver que estaban ayudando a sus compañeros. Pero inexplicablemente el piloto dio una pasada sobre el submarino disparando sus ametralladoras e hiriendo a uno de los marineros alemanes, que tuvo que ser ayudado por los dos británicos a entrar en el sumergible. Mientras el médico del U-30 atendía a los heridos, Lemp ordenó torpedear el Fanad Head y sumergirse antes de que apareciesen más aviones enemigos. Durante horas el U-30 estuvo ocultándose en las profundidades para escapar de los aviones del Royal Oak y de tres destructores británicos que habían llegado a la zona para participar en la caza. La tripulación del Fanad Head, que había sido obligada por los alemanes a abandonar su barco en un bote, fue rescatada por uno de los destructores. Después de burlar a sus perseguidores, el U-30 se dirigió a la neutral Islandia para desembarcar allí a los dos prisioneros y al marinero herido.

El último permiso del mariscal Pétain

En el verano de 1945 la recién restaurada Corte Suprema francesa juzgó por los crímenes de alta traición y colaboración con el enemigo al mariscal Philippe Pétain, el dictador que tras la derrota de 1940 había instaurado en Francia un régimen de corte fascista y colaboracionista con la Alemania nazi. El 15 de agosto se leyó la sentencia: Pétain fue declarado culpable y condenado a muerte, aunque, debido a su avanzada edad (cuando se celebró el juicio tenía ya 89 años), el gobierno de De Gaulle conmutó poco más tarde aquella pena por la de cadena perpetua. Pétain fue internado en el Fort de la Citadelle, en la pequeña isla de Yeu, al sur de la península de Bretaña. Allí pasó el viejo mariscal los últimos años de su vida. Murió el 23 de julio de 1951, con 95 años. En su testamento había expresado su deseo de ser enterrado en la Necrópolis de Douaumont, donde reposan los restos de decenas de miles de soldados caídos en Verdún (la batalla que le había consagrado como héroe nacional), pero las autoridades francesas no deseaban ver convertido aquel lugar simbólico en un destino de peregrinación para los nostálgicos de su régimen, así que se decidió darle sepultura en una discreta tumba del cementerio marinero que había en la propia isla de Yeu.

Muchos años más tarde, la mañana del 19 de febrero de 1973, la sepultura del mariscal en Yeu apareció profanada. Durante la noche alguien había desenterrado y robado el ataúd con el cuerpo de Pétain. La acción parecía tener una clara motivación política (aunque no estaba tan claro de qué signo), en un momento realmente delicado, cuando ya había empezado la campaña para las elecciones legislativas que se iban a celebrar el 4 de marzo. Las luchas partidistas, la movilización de las fuerzas de seguridad y la gran cobertura mediática propias de una campaña electoral se combinaron para agigantar la repercusión del misterioso y macabro caso y hacer que el país entero estuviese pendiente de su desenlace. Durante tres días un enorme despliegue policial se dedicó a buscar por toda Francia el paradero de los restos del mariscal. Inicialmente la policía siguió algunas pistas falsas. Unas hojas de un diario español encontradas junto a la sepultura llevaron a sospechar que un comando de ultraderechistas pudo haber sido enviado desde la España de Franco para cometer el robo. A medida que pasaba el tiempo sin que se pudiesen presentar resultados visibles, el nerviosismo de las autoridades aumentaba. Y no era para menos, ya que el caso les estaba dejando en ridículo ante la opinión pública nacional. Pero el trabajo policial y la presión de las fuerzas de seguridad acabó dando sus frutos. En cuanto se centraron en investigar a los círculos ultranacionalistas locales, todos los indicios comenzaron a señalar a un conocido militante de la extrema derecha francesa llamado Hubert Massol.

El domingo 18 de febrero un comando de seis hombres, con Massol al mando, había desembarcado del ferry que unía Yeu con el continente con la supuesta intención de acudir a la feria semanal que se celebraba en la isla. Aquella noche se colaron en el pequeño cementerio, desenterraron el ataúd de Pétain y lo cargaron en una furgoneta que habían alquilado unos días antes. Su plan era transportarlo a la Necrópolis de Douaumont, cumpliendo así el último deseo expresado por el mariscal. Pero la profanación fue descubierta mucho antes de lo que esperaban, y el gigantesco despliegue policial les pilló de sorpresa. Las medidas de seguridad en Douaumont y otros lugares simbólicos se multiplicaron. Durante tres días estuvieron paseándose por media Francia con el cadáver en su furgoneta, sin saber qué hacer con él. Finalmente, el 22 de febrero, Massol, sabiéndose buscado, convocó una rueda de prensa para confesar su participación en la acción. Ante los periodistas afirmó que revelaría el paradero de los restos del mariscal con la condición de que el presidente de la República le garantizase por escrito que se le daría sepultura en Douaumont. Massol fue detenido inmediatamente después. El ataúd fue localizado en un garaje de Saint-Ouen, en la periferia de París. Los cinco compañeros de Massol fueron también arrestados. Uno de ellos era el gerente de una empresa funeraria, que había sido reclutado expresamente por sus habilidades profesionales. Los otros miembros del comando eran dos veteranos de la Legión Extranjera (uno polaco y otro húngaro), un mecánico parisino de 61 años, encargado de conducir la furgoneta, y su hijo, un exparacaidista. Aunque el trabajo policial finalmente había tenido éxito, la opinión pública no se tranquilizó al saber que una acción chapucera llevada a cabo por un pequeño grupo de aficionados había sido capaz de provocar semejante conmoción nacional.

Massol, un publicista de 35 años, veterano de la guerra de Argelia, asumió toda la responsabilidad de la acción, pero no engañó a nadie. Todo el mundo tuvo claro desde el primer momento quién había sido el cerebro del grupo. Massol era un estrecho colaborador de un histórico dirigente de la extrema derecha francesa, el abogado Jean-Louis Tixier-Vignancour, que décadas antes se había hecho popular defendiendo a muchos franceses acusados de colaboracionismo, y que en 1965 se había presentado a las elecciones presidenciales, en las que apenas obtuvo un 5 % de los votos (su director de campaña fue un joven prometedor llamado Jean-Marie Le Pen). Tixier-Vignancour llegó a afirmar en una entrevista que nunca hubiera podido imaginar que Hubert Massol iba a verse implicado en un asunto como aquel. Lo cierto es que las evidencias de su relación con Massol y el resto del grupo eran abrumadoras, aunque no había pruebas de su participación directa en los hechos.

El momento escogido para poner en marcha el plan había sido un acierto. Es innegable que supuso un gran golpe propagandístico en plena campaña electoral. Para la ultraderecha aquella acción tenía un gran valor simbólico. El traslado de los restos de Pétain al osario de Douaumont era una vieja reivindicación de asociaciones de excombatientes de la Gran Guerra y de los defensores del régimen de Vichy, pero sus peticiones habían sido siempre rechazadas por los sucesivos gobiernos franceses. Pero Tixier-Vignancour probablemente tenía un objetivo último más importante y a más largo plazo que el de conseguir un golpe de efecto en la campaña: convertir el juicio a los profanadores en un nuevo juicio a Pétain y su obra y utilizarlo para rehabilitar la figura del viejo mariscal.

Si ese era realmente el objetivo final, el plan fracasó. Pocos días después de su arresto los detenidos fueron puestos en libertad a la espera de juicio. Pero nunca serían juzgados, beneficiados por la amnistía presidencial decretada tras la elección de Giscard d'Estaing (parece razonable pensar que fueron incluidos en ella precisamente para evitar la utilización política del caso que supuestamente pretendía hacer Tixier-Vignancour).

Los restos de Pétain regresaron a su humilde tumba en la isla de Yeu, donde todavía siguen. Aunque, al menos, sus “secuestradores” le habían permitido disfrutar de un último permiso de tres días (así es como se refirió al episodio Michel Dumas, el gerente de funeraria que participó en él, que años más tarde publicó un libro en el que relataba sus peripecias titulado La Permission du maréchal, trois jours en maraude avec le cercueil de Pétain, es decir, “El permiso del mariscal, tres días deambulando con el ataúd de Pétain”).

Tumba del mariscal Pétain en la isla de Yeu:

Piratas de la Royal Navy

Los inicios de la guerra submarina fueron muy polémicos. Para muchos marinos de vieja escuela aquella nueva forma de lucha naval era innoble e impropia de naciones civilizadas. Uno de sus detractores más destacados en aquella época (los años que van desde finales del siglo XIX al estallido de la Gran Guerra, el hecho que hizo que todas las potencias acabasen aceptando definitivamente la nueva arma), fue el almirante Sir Arthur Wilson, que por entonces ostentaba el cargo de Primer Lord del Mar (es decir, comandante supremo de la Royal Navy británica). En 1901 Lord Wilson llegó a proponer al Almirantazgo que los tripulantes de submarinos enemigos capturados en tiempo de guerra fuesen considerados piratas, y, por consiguiente, condenados a morir en la horca.

En los años posteriores la flota británica superó las reticencias de sus almirantes más veteranos hacia el arma submarina, de forma que al comienzo de la Primera Guerra Mundial los submarinos eran ya aceptados sin problemas como parte de la Royal Navy.

El 13 de septiembre de 1914, pocas semanas después del estallido de la guerra, el crucero ligero alemán Hela fue avistado por el submarino británico E9 cuando se encontraba patrullando las aguas al nordeste de la isla de Helgoland, en el mar del Norte. El comandante del sumergible, el capitán de corbeta Max Horton, ordenó lanzar dos torpedos contra el buque enemigo y sumergirse inmediatamente. Quince minutos más tarde el sumergible ascendió a profundidad de periscopio para evaluar la situación. Tras comprobar que los torpedos habían hecho blanco y el Hela se estaba hundiendo a gran velocidad, el capitán ordenó una inmersión rápida para evitar ser descubierto. Otros quince minutos después emergió en una segunda inspección y vio que el Hela ya había desaparecido bajo las aguas. A pesar de la velocidad con la que se había hundido el crucero, solo dos de sus 180 tripulantes murieron en el naufragio. El Hela fue el primer buque alemán hundido por un submarino británico en la Primera Guerra Mundial.

En recuerdo de la por entonces famosa declaración de Lord Wilson, el capitán Horton ordenó confeccionar una Jolly Roger (la típica bandera pirata negra con una calavera y dos tibias cruzadas en blanco) e izarla a su regreso a puerto. Aquello se convirtió en una tradición, y cada vez que el E9 volvía de una patrulla exitosa lo hacía enarbolando una nueva enseña pirata. Más tarde la tripulación decidió mantener una única bandera, a la que se iban añadiendo marcas para señalar cada uno de los barcos hundidos por el submarino. La práctica pronto empezó a ser copiada por otros submarinos de la Royal Navy. Cuando el Almirantazgo trató de acabar con aquella costumbre, estaba ya tan extendida que no hubo manera de lograr que las tripulaciones renunciasen a sus nuevas banderas de combate extraoficiales.

En la Primera Guerra Mundial hubo muchos casos de submarinos británicos que enarbolaban sus Jolly Rogers, pero fue en la Segunda Guerra Mundial cuando realmente la tradición se generalizó y en la práctica adquirió carácter casi oficial. A menudo eran los propios comandantes de flotilla los que diseñaban sus banderas, llegando a redactarse procedimientos para su correcto uso. El submarino recibía su Jolly Roger cuando regresaba de su primera patrulla, y a partir de entonces iba cosiendo en ella las marcas que indicaban sus logros (las barras blancas representaban mercantes torpedeados, las barras rojas buques de guerra, las minas su participación en operaciones de minado, las antorchas en operaciones de observación o como marcadores de navegación...). Solo se podían izar en el momento en el que los sumergibles arribaban a puerto tras completar una patrulla.

La práctica de enarbolar la Jolly Roger no fue exclusiva de la Royal Navy. Fue copiada por las flotas submarinas de otros países de la Commonwealth, además de por los submarinos de la Marina Libre polaca (que operaban desde bases británicas).

Tripulación del submarino británico Utmost mostrando su bandera de combate: